Por Antonio Mora
Hemos discutido durante décadas sobre si somos latinos o somos hispanos. Como si el debate semántico fuera más importante que la realidad cultural que vivimos cada día. La léngua que nos identifica.
La Hispanidad fue un hecho histórico innegable hace siglos. La llegada de los habitantes de la antigua provincia romana denominada Hispania al continente americano propició el mestizaje étnico y cultural que hoy nos une, a hispanos y americanos, a través de dos lenguas: el español y el portugués.
El mestizaje étnico que ya llevaban en su sangre los hispanos —tanto portugueses como aragoneses y castellanos; es decir, catalanes, valencianos, mallorquines, murcianos, canarios, andaluces, extremeños, vascos, asturianos, gallegos, cántabros, etc.— se amplió en las tierras americanas.
En los reinos de Aragón y Castilla, en 1492, las lenguas, herederas del latín vulgar, ya estaban evolucionando hacia el español unificador a la vez que diverso, profundamente influido por los 800 años de convivencia con el árabe.
A ese español en continua transformación aún le faltaba hacerse más mestizo, gracias a la influencia del romanó —“chacho, nuestra lengua es milenaria en aportaciones”— y de las lenguas aborígenes americanas, hasta convertirse en el idioma en el que hoy nos entendemos más de 600 millones de personas.
Un mosaico lingüístico que cruzó el Atlántico
Conviene no perder de vista que cuando se habla de Castilla no se habla de una tierra homogénea. El Reino de Castilla estaba formado por castellanos, leoneses, extremeños, andaluces, cántabros, asturianos, gallegos, vascos, navarros, riojanos y canarios.
Lo mismo ocurría con el Reino de Aragón, integrado por aragoneses, catalanes, valencianos, mallorquines y murcianos.
Cada pueblo con su cultura popular, su lengua, heredera del latín vulgar, o su acento: gallego, bable, cántabro, castúo… o los acentos andaluz y canario, donde resonaban antiguas lenguas como las de tartesos o guanches.
Ese gran mosaico lingüístico y cultural fue el que llegó a América.
Un mosaico con un común denominador: su origen en la antigua Hispania romana, que siglos después daría lugar a los estados de España y Portugal.
Las lenguas hispanas, nacidas del latín vulgar, estaban ya claramente diferenciadas de otras lenguas romances latinas como el francés, el rumano o el italiano.
Hispanoamérica frente a Latinoamérica
Es correcto, lingüísticamente, hablar de una Europa Latina —Portugal, España, Francia, Italia y Rumanía—. Pero cuando nos referimos a los países de América en los que se habla español o portugués, resulta más preciso hablar de América Hispana o Hispanoamérica.
En América no se habla mayoritariamente ni rumano, ni italiano, ni francés.
No fueron rumanos, franceses o italianos quienes se asentaron mayoritariamente en el continente, sino pueblos hispanos: Portugal en el actual Brasil y España en los veinte países restantes.
El término América Latina, surgido en el siglo XIX (1836) por intereses políticos fraceses, acabó imponiéndose comercial y culturalmente.
Y aquí está la clave.
¿Latinos o hispanos? Un falso dilema
El término ya ha echado raíces.
Si la palabra LATINOS ha conseguido aglutinar culturalmente a la mayoría de los americanos que hablan español, asumámosla también los latinoeuropeos que compartimos lengua e historia.
Luchar hoy por imponer una palabra frente a otra es perder tiempo y energía.
Somos HISPANOS porque somos LATINOS.
Y somos LATINOS porque somos HISPANOS.
Aunque no todos los latinos son hispanos —franceses, rumanos o italianos no tienen la fortuna de hablar el idioma con mayor proyección global, el español, o su primo hermano el portugués—.
La religión ya no es el nexo de unión
Durante siglos, el catolicismo actuó como elemento cohesionador.
Sin negar la importancia cultural que tuvo en el desarrollo de lo que fueron las Españas —así denominados los territorios extrapeninsulares en la Constitución de Cádiz—, hoy el factor religioso ya no es aglutinador de voluntades. Divide más de lo que une.
Cristianos enfrentando iglesias. Guerras religiosas entre confesiones. Cruzadas. Exterminios. Esa historia también se vivió con la llegada de holandeses y anglosajones a América.
Las instituciones que durante siglos ejercieron autoridad moral quedaron desprestigiadas por la corrupción, las luchas internas y el abuso de poder de sus dirigentes.
Las creencias convertidas en dogmas utilizados para obtener poder ya no sirven para unir pueblos.
El siglo XXI exige otro punto de encuentro.
El reguetón como nueva fórmula de unidad cultural
Ese punto de encuentro es cultural.
Y dentro de la cultura, la música popular en español ocupa hoy el centro.
Benito Antonio Martínez Ocasio lo ha demostrado.
El hecho de que millones de personas en todo el planeta escuchen, canten y bailen en español puertorriqueño confirma que el REGUETÓN se ha convertido en la nueva fórmula de la antigua HISPANIDAD.
No por decreto.
No por imposición política.
No por nostalgia imperial.
La lengua nos une porque la cantamos.
La lengua nos une porque la vivimos.
La lengua nos une porque se convierte en cultura global.
La lengua nos unifica
Ni la religión, ni la política, ni los viejos imperios sostienen hoy la unidad.
La sostiene la lengua viva.
Y hoy la lengua vive en la música.
Benito Antonio no es solo un fenómeno musical.
Es la prueba de que el español sigue expandiendo fronteras culturales en pleno siglo XXI.
Por eso:
Yo soy LATINO.
Yo soy HISPANO.
Como todos los que hablamos español.

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