De la danza cubana al merengue dominicano: músicas que viajaron entre las Antillas

DE COLÓN AL REGUETÓN | El Caribe como espacio de intercambio musical

La danza cubana continúa su expansión

Durante el siglo XIX, la danza cubana alcanzó una importante difusión por diferentes territorios americanos.

Una de las conexiones más interesantes es la que encontramos con Puerto Rico.

Cristóbal Díaz Ayala recogió que, entre 1842 y 1844, las bandas militares de San Juan dieron a conocer una danza procedente de La Habana.

Su llegada estuvo relacionada, según esa investigación, con el general Arístegui, conde de Mirasol, y con jóvenes cubanos que conocían la nueva modalidad de baile.

Aquella danza recibió inicialmente denominaciones como upa o merengue.

Posteriormente fue conocida como danza cubana o danza habanera.

Nos encontramos ante otro ejemplo de circulación musical entre distintos territorios españoles del Caribe durante el siglo XIX.

La música viajaba mediante personas, agrupaciones militares, reuniones sociales y espectáculos.

Y, al llegar a un nuevo territorio, podía experimentar transformaciones que terminaran convirtiéndola en una expresión musical diferente.

El nacimiento de una danza puertorriqueña

La danza cubana encontró en Puerto Rico un terreno especialmente favorable.

Los músicos locales fueron incorporando características melódicas, rítmicas e instrumentales propias.

Díaz Ayala señala la incorporación del güiro a las orquestas que interpretaban este repertorio hacia 1853.

Con el paso del tiempo se consolidó una danza puertorriqueña de extraordinaria riqueza musical.

Entre sus principales compositores destacan Juan Morel Campos y Manuel Gregorio Tavárez, figuras esenciales de su desarrollo artístico.

También encontramos a Aurelio Dueño, relacionado con composiciones como La sapa.

La danza puertorriqueña adquirió además una importante dimensión vocal.

Las melodías comenzaron a acompañarse con versos y textos de contenido amoroso, sentimental o patriótico.

Esta relación entre la música instrumental y la canción recuerda lo ocurrido anteriormente en Cuba.

La danza podía transformarse, evolucionar y adquirir una nueva personalidad sin perder necesariamente todos los elementos de su procedencia.

La Borinqueña y la identidad musical de Puerto Rico

Uno de los ejemplos más representativos de la importancia adquirida por la danza es La Borinqueña.

La composición que acabaría vinculándose con el himno de Puerto Rico pertenece al universo de la danza puertorriqueña del siglo XIX.

La historia de sus diferentes textos y adaptaciones refleja también las transformaciones políticas y culturales del territorio.

Pero su importancia musical resulta indiscutible.

La danza había dejado de ser únicamente una moda llegada desde Cuba.

Se había convertido en una expresión profundamente integrada en la vida cultural puertorriqueña.

Incluso durante los siglos XX y XXI continuarían escribiéndose composiciones relacionadas con esta tradición.

La evolución musical puertorriqueña demuestra que las influencias recibidas desde otras islas podían dar lugar a manifestaciones propias y duraderas.

Upa y merengue: dos nombres que merecen investigación

Existe una cuestión que me ha llamado especialmente la atención desde mis primeras investigaciones.

Cuando determinadas danzas de procedencia cubana se difundieron por Puerto Rico, las fuentes mencionan las denominaciones upa y merengue.

Estos nombres nos obligan a estudiar las relaciones entre diferentes bailes antillanos.

En mis escritos originales planteaba una posibilidad que considero interesante: que el término merengue pudiera haber circulado también como denominación festiva o coreográfica antes de consolidarse como nombre de un género musical nacional.

La hipótesis requiere una investigación documental específica.

No podemos identificar automáticamente la danza denominada merengue en Puerto Rico con el merengue que se desarrolló posteriormente en República Dominicana.

Pero las coincidencias terminológicas, las relaciones entre los bailes y la intensidad del tráfico marítimo invitan a estudiar sus conexiones.

El nacimiento del merengue dominicano

La historia del merengue dominicano presenta diferentes interpretaciones sobre sus orígenes.

Algunos investigadores han destacado elementos musicales procedentes de Europa.

Otros han situado en primer plano las influencias africanas.

También existen estudios que relacionan su formación con las tradiciones locales de canto, baile y acompañamiento instrumental.

Lo más razonable es estudiar el merengue como el resultado de un proceso histórico de transformación musical desarrollado en la sociedad dominicana.

En este proceso pudieron intervenir repertorios de contradanza, formas de danza popular, tradiciones campesinas y recursos rítmicos afrocaribeños.

Pero establecer el origen exacto de cada elemento exige distinguir los testimonios documentales de las interpretaciones posteriores.

El merengue aparece en la prensa de 1854

Entre los documentos fundamentales para reconstruir esta historia figuran las referencias publicadas en Santo Domingo durante 1854.

En el periódico El Oasis, Eugenio Perdomo participó en las discusiones sobre el nuevo baile que comenzaba a despertar el interés y también las críticas de determinados sectores sociales.

Sus comentarios describían la confusión de algunos participantes al ejecutar las figuras del merengue y el desagrado que provocaba en quienes defendían otras normas de comportamiento.

Se trata de un episodio que recuerda lo sucedido anteriormente con otros bailes populares americanos.

Cuando una nueva danza adquiría popularidad entre la población, no era extraño que aparecieran críticas relacionadas con sus movimientos corporales o con la proximidad entre las parejas.

Precisamente esas críticas acabaron convirtiéndose en documentos valiosos para conocer su existencia.

Las noticias de 1854 constituyen, por tanto, una referencia esencial para investigar el merengue dominicano.

Juan Bautista Alfonseca: la música popular llega al pentagrama

Entre los primeros compositores relacionados con el merengue encontramos al coronel Juan Bautista Alfonseca, nacido en 1810 y fallecido en 1875.

La tradición musicológica dominicana le atribuye un papel importante en la incorporación del merengue a la música escrita.

Entre las composiciones que se han relacionado con su nombre figuran La Juana Aquilina, Ay, coco, Los pastelitos y otros títulos populares.

En mis investigaciones conté con referencias facilitadas por mi buen amigo, el periodista dominicano Beltrán Nicolás, de Nagua.

Según aquellas informaciones, Alfonseca contribuyó a llevar al pentagrama una música que ya tenía presencia en las prácticas populares.

Este aspecto resulta fundamental para comprender la formación de los géneros caribeños.

Con frecuencia, el músico que escribe una composición no inventa desde cero todos sus elementos.

Puede recoger melodías, giros y estructuras rítmicas que circulan oralmente y darles una forma estable mediante la escritura musical.

El repertorio popular adquiere entonces nuevas posibilidades de difusión.

La música que escandalizaba a las élites

Durante el siglo XIX, diferentes sectores de la sociedad dominicana criticaron el merengue por considerarlo un baile inadecuado.

El acercamiento corporal de las parejas y el carácter festivo de la danza provocaron censuras y campañas de desprestigio.

Pero el pueblo continuó bailándolo.

Las letras incorporaban escenas de la vida cotidiana, personajes populares, humor y comentarios sobre acontecimientos del momento.

El merengue acabó convirtiéndose en una expresión musical capaz de acompañar la propia historia social dominicana.

Su desarrollo coincidió con un periodo decisivo para la construcción de la identidad nacional de República Dominicana, independiente desde 1844.

La música popular se convirtió en una de sus expresiones culturales más reconocibles.

Diferentes interpretaciones sobre el origen del merengue

Luis Alberti, uno de los músicos más importantes en la evolución del merengue dominicano, destacó las conexiones entre las tradiciones españolas y las tonadas campesinas.

En cambio, el investigador folklórico Fradique Lizardo defendió interpretaciones que otorgaban especial importancia a determinados antecedentes africanos.

Otros estudiosos, como Emilio Rodríguez Demorizi, analizaron las conexiones entre el merengue, la upa y diferentes formas de danza antillana.

Estas aportaciones muestran que la historia del merengue debe estudiarse desde diferentes perspectivas.

La presencia de elementos hispánicos, africanos y locales no puede reducirse a una explicación exclusivamente europea o exclusivamente africana.

Nos encontramos nuevamente ante una música formada dentro de un espacio de intercambio cultural.

Los instrumentos del primer merengue

Las primeras agrupaciones populares dominicanas utilizaron diferentes instrumentos de cuerda y percusión.

Entre ellos encontramos guitarras, tiples, bandurrias y variantes locales del cuatro.

También aparecen instrumentos utilizados para marcar el ritmo, como el guayo y posteriormente la güira.

La tambora dominicana adquirió un protagonismo fundamental.

Se trata de un tambor de dos parches que permite combinar diferentes golpes y timbres.

La interacción entre la tambora y la güira proporciona al merengue gran parte de su energía rítmica.

En determinados conjuntos se utilizaron también instrumentos destinados a ejecutar las líneas graves, entre ellos la marímbula.

Pero las agrupaciones fueron transformándose con el paso del tiempo.

La llegada del acordeón

Durante la segunda mitad del siglo XIX, el acordeón comenzó a extenderse por diferentes territorios del Caribe.

Su presencia en República Dominicana acabaría transformando profundamente el acompañamiento del merengue.

El instrumento ofrecía una sonoridad potente, adecuada para las celebraciones populares y los espacios abiertos.

En diferentes ambientes campesinos fue sustituyendo progresivamente a determinados instrumentos de cuerda.

La expansión del acordeón también provocó reacciones entre quienes defendían la instrumentación tradicional.

En mis fuentes originales recogía un episodio parlamentario relacionado con la importación de acordeones y las críticas de quienes consideraban que perjudicaban a los instrumentos fabricados en el país.

El documento exacto de aquel debate todavía requiere comprobación.

En cualquier caso, el acordeón terminó convirtiéndose en uno de los grandes protagonistas del merengue típico dominicano.

El perico ripiao y la tradición musical del Cibao

Una de las formas más características del merengue dominicano es el perico ripiao, también conocido como merengue típico.

Su desarrollo se relaciona especialmente con la región del Cibao.

La combinación de acordeón, tambora y güira dio lugar a una formación musical de enorme popularidad.

Los músicos podían actuar en celebraciones campesinas, bailes y reuniones populares.

La sencillez de la agrupación favorecía su movilidad y permitía trasladar la música de una población a otra.

Sobre el origen de la denominación perico ripiao existen diferentes versiones.

Una de las más difundidas la relaciona con un establecimiento de diversión de Santiago de los Caballeros donde actuaban conjuntos populares.

Otra interpretación vincula el nombre con una expresión del habla campesina.

Aunque estas historias forman parte de la tradición oral dominicana, debemos distinguirlas de los hechos demostrados documentalmente.

El merengue se convierte en símbolo nacional

Durante las décadas siguientes, el merengue fue ampliando sus públicos y sus formas de interpretación.

De una música asociada inicialmente con ambientes populares pasó progresivamente a otros espacios sociales.

La incorporación de nuevas agrupaciones, instrumentos y estilos permitió aumentar su difusión.

Durante el siglo XX, especialmente a partir del ascenso al poder de Rafael Leónidas Trujillo en 1930, el merengue adquirió una presencia creciente en las celebraciones oficiales y en la propaganda del régimen.

Posteriormente, las grandes orquestas, los cantantes y las empresas discográficas contribuirían a su expansión internacional.

Pero esa historia corresponde a una etapa posterior de nuestra obra.

Las Antillas, un espacio musical compartido

La relación entre la danza cubana, la danza puertorriqueña y el merengue dominicano nos permite comprobar la complejidad de la evolución musical caribeña.

No se trata de afirmar que todos estos géneros tengan un único origen ni que uno de ellos derive necesariamente de otro.

Lo que encontramos es una red de relaciones culturales en la que las músicas se desplazaban, se adaptaban y evolucionaban.

En Puerto Rico, una danza llegada desde Cuba adquirió personalidad propia.

En República Dominicana, el merengue se desarrolló mediante un proceso de transformación que acabó convirtiéndolo en una expresión nacional.

Las rutas marítimas, la circulación de músicos y las relaciones entre las poblaciones antillanas facilitaron estos intercambios.

El Caribe no fue una suma de islas musicalmente aisladas, sino un espacio donde los géneros nacían, viajaban y se transformaban.

Antonio Mora Ayora

Del tango argentino al bolero caribeño: un viaje musical de regreso

Apartado editorial elaborado a partir de las líneas de investigación de Antonio Mora Ayora y del ensayo de Jairo Solano Alonso, «El tango: la música ciudadana también en Colombia» (Barranquilla, 24 de junio de 2000).

La historia de las relaciones musicales entre el Caribe y el Río de la Plata no termina con las influencias de la danza cubana en la formación del tango argentino.

Durante el siglo XX se produjo también un movimiento en sentido contrario.

El tango llegó a los públicos caribeños mediante grabaciones, emisoras de radio, compañías artísticas y películas.

Sus grandes intérpretes alcanzaron una popularidad extraordinaria en diferentes ciudades americanas.

La figura de Carlos Gardel desempeñó un papel fundamental en esta expansión.

Su muerte en Medellín, el 24 de junio de 1935, contribuyó a convertir aquella ciudad colombiana en uno de los grandes espacios de memoria del tango fuera de Argentina y Uruguay.

El tango se hace caribeño

Jairo Solano Alonso estudió estas relaciones en su ensayo El tango: la música ciudadana también en Colombia, fechado en Barranquilla el 24 de junio de 2000.

Su trabajo recuerda cómo numerosas composiciones de tango llegaron a integrarse en los repertorios de cantantes y agrupaciones del Caribe.

Intérpretes vinculados con el bolero, la canción romántica y la música tropical incorporaron títulos procedentes de Buenos Aires y Montevideo.

También aparecieron adaptaciones instrumentales y versiones que acercaban las melodías porteñas a nuevos públicos.

En ocasiones, los arreglos modificaron el acompañamiento original de las composiciones.

En otras, fue suficiente una interpretación vocal diferente para transformar la percepción de una canción.

Un diálogo entre tango y bolero

El bolero y el tango desarrollaron tradiciones musicales distintas, pero compartieron un extraordinario interés por las historias sentimentales.

El amor, la ausencia, los celos, la pérdida y la nostalgia aparecen repetidamente en sus repertorios.

Estas afinidades facilitaron que determinados cantantes interpretaran ambos géneros.

Las orquestas tropicales también incorporaron tangos a sus grabaciones.

De esta manera, composiciones creadas para públicos rioplatenses adquirieron una nueva vida en las Antillas y en los países caribeños.

Colombia como territorio de encuentro

Colombia ocupó un lugar particularmente interesante en estos intercambios.

Mientras Medellín desarrollaba una notable tradición tanguera, las ciudades de la costa caribeña participaban intensamente en la circulación de boleros, sones, cumbias, porros y otros repertorios populares.

Las grabaciones comerciales permitieron que músicas de procedencias muy diferentes convivieran en los mismos hogares.

El público podía escuchar un tango argentino junto a un son cubano o un bolero caribeño.

Durante el siglo XX, las rutas marítimas siguieron siendo importantes, pero encontraron nuevos aliados: el disco, la radio y el cine.

La música comenzó a viajar de una forma que las generaciones anteriores difícilmente habrían imaginado.

Un intercambio sin dirección única

Las influencias musicales no circularon solamente desde el Caribe hacia América del Sur.

También regresaron desde los países continentales hacia las Antillas.

Este movimiento de ida y vuelta constituye una de las características fundamentales de nuestra historia musical.

Los géneros populares se enriquecieron gracias a los músicos que los interpretaban lejos de sus lugares de origen.

Cada adaptación podía incorporar nuevas características, aunque conservara la melodía o el espíritu de la composición inicial.

Así, la historia de la música americana se fue construyendo mediante innumerables encuentros.

Antes viajaban las personas y las canciones; después también viajaron los discos, las películas y las emisiones de radio.

 

DE COLÓN AL REGUETÓN — Versión editorial revisada a partir de los textos publicados en Radio Rabel.