EL CARIBE QUE NOS UNE: un mar, tres continentes y siglos de mestizaje musical

Desde las primeras travesías atlánticas hasta la consolidación de las músicas populares del siglo XX, el Caribe fue mucho más que una sucesión de islas y territorios costeros. Fue un inmenso espacio de encuentros entre las culturas europeas, africanas y americanas. En él nacieron y evolucionaron expresiones musicales que acabarían conquistando el mundo. Una historia de viajes, migraciones, instrumentos, ritmos y canciones que recuperamos a través de las investigaciones de Cristóbal Díaz Ayala y de la experiencia personal del autor.

El Caribe es mucho más que un mar

En 1996 tuve el honor de dirigir en Bilbao el Primer Congreso Internacional de Música Tropical, celebrado en el marco de Bilbao Tropikal.

Entre los investigadores que participaron se encontraba Cristóbal Díaz Ayala, uno de los grandes estudiosos de la música popular cubana y caribeña, cuya obra ha contribuido de manera extraordinaria al conocimiento de los músicos, compositores, agrupaciones y grabaciones que forman parte de nuestra historia musical.

Su intervención contenía una reflexión que considero especialmente apropiada para iniciar este capítulo:

«El Caribe, como el Mediterráneo, más que un mar, es una cultura que ha sobrepasado sus límites geográficos».

Aquellas palabras resumían una realidad histórica que con frecuencia olvidamos cuando estudiamos los géneros musicales como si fueran creaciones independientes de cada país.

El Caribe no puede comprenderse exclusivamente como una región delimitada por sus costas.

Su influencia cultural se extiende mucho más allá de las islas y de los territorios continentales bañados por sus aguas.

Allí donde los caribeños han emigrado, fundado comunidades, llevado sus instrumentos y transmitido sus canciones, la cultura del Caribe ha continuado desarrollándose.

Y esa expansión no es un fenómeno exclusivo de nuestra época.

Durante siglos, las rutas marítimas, los desplazamientos de población y los intercambios comerciales permitieron que las músicas viajaran de unos territorios a otros.

Los ritmos nacían en una ciudad, se transformaban en otra y adquirían nuevas características al entrar en contacto con diferentes tradiciones.

De esta manera, el Caribe se convirtió en uno de los grandes espacios de creación musical de la historia.

No porque todas sus músicas fueran iguales, sino precisamente porque las diferencias culturales generaron nuevas formas de expresión.

El Atlántico: una inmensa carretera entre España y América

Para comprender esta historia debemos retroceder al final del siglo XV y a los comienzos del XVI.

La apertura de las rutas marítimas permanentes entre España y América inició un proceso de intercambios humanos, económicos y culturales que transformaría profundamente las sociedades situadas a ambos lados del Atlántico.

Durante siglos, los barcos fueron mucho más que medios de transporte.

En ellos viajaban personas, mercancías, libros, instrumentos, objetos religiosos, costumbres, idiomas y canciones.

También transportaron, mediante la trata esclavista, a millones de africanos arrancados violentamente de sus comunidades, cuya presencia sería decisiva para la formación de las sociedades americanas.

Cristóbal Díaz Ayala destacó en su ponencia de Bilbao la importancia de las rutas marítimas en la construcción cultural del Caribe.

Los mares y los ríos habían desempeñado históricamente una función semejante a la de las grandes carreteras actuales.

En el caso americano, el Caribe se convirtió en una extensa red de comunicaciones conectada con las rutas atlánticas.

Las corrientes marinas y los vientos condicionaban los trayectos de navegación.

La Corriente del Golfo facilitaba determinadas etapas del regreso hacia Europa, mientras que los vientos alisios resultaban fundamentales para las travesías en dirección a América.

Estas circunstancias geográficas contribuyeron a convertir determinados puertos en lugares estratégicos.

Entre ellos destacó La Habana.

Su posición favoreció que llegara a desempeñar una función esencial dentro del sistema de navegación de la Monarquía española.

Y aquella importancia marítima tendría consecuencias extraordinarias para la música.

La Habana: la llave del Golfo y un encuentro de músicas

La historia de La Habana está estrechamente relacionada con su puerto.

A medida que avanzaba el siglo XVI, la ciudad adquirió una importancia creciente como lugar de escala, concentración y abastecimiento de embarcaciones.

El sistema de flotas organizado por la Monarquía española procuraba proteger las comunicaciones marítimas frente a los ataques de corsarios y piratas.

Los barcos que navegaban hacia Nueva España y otros territorios americanos seguían rutas diferentes, pero La Habana terminó consolidándose como uno de los principales puntos de reunión para el regreso a Europa.

No todos los viajes ni todas las flotas siguieron exactamente el mismo calendario, pero el puerto habanero se convirtió en uno de los grandes centros de circulación humana del Atlántico.

Los marineros permanecían allí durante períodos que podían prolongarse por necesidades de navegación, reparaciones, aprovisionamiento o espera de otras embarcaciones.

Y durante aquellas estancias la vida continuaba.

Se comerciaba, se celebraban fiestas, se establecían relaciones personales y se intercambiaban expresiones musicales.

Los marineros españoles llevaban consigo canciones de sus lugares de origen.

Andaluces, canarios, gallegos y hombres de otras regiones contribuían a difundir sus repertorios.

En Cuba encontraban expresiones musicales que ya estaban transformándose mediante el contacto entre diferentes comunidades.

La presencia africana aportaba tradiciones rítmicas, vocales e instrumentales que, a su vez, continuaban evolucionando en el nuevo contexto americano.

Los músicos escuchaban, imitaban, adaptaban e incorporaban elementos nuevos.

No era necesario que existieran partituras ni academias musicales para que aquellos intercambios se produjeran.

Bastaba el contacto entre las personas.

De este modo, los puertos y las ciudades caribeñas se convirtieron en lugares privilegiados para la circulación y transformación de la música.

España y África: dos grandes aportaciones a la música del Caribe hispano

Cuando estudiamos las músicas populares de Cuba, Puerto Rico, Venezuela, Colombia o República Dominicana encontramos una constante: la extraordinaria importancia de las tradiciones musicales procedentes de España y África.

Pero esas aportaciones no se distribuyeron de manera idéntica en todos los territorios ni en todos los géneros.

Las formas poéticas españolas, los instrumentos de cuerda, determinados procedimientos armónicos y los bailes de origen europeo tuvieron una presencia especialmente visible en numerosas expresiones campesinas.

La Décima, las Coplas, el Romance y las diferentes variedades de canción contribuyeron a configurar repertorios que continúan presentes en la música popular americana.

La guitarra y otros instrumentos relacionados con las tradiciones de cuerda hispánicas experimentaron transformaciones que dieron lugar a nuevas formas instrumentales, como el Tres cubano y el Cuatro puertorriqueño.

Por su parte, las tradiciones africanas aportaron una extraordinaria riqueza de formas percusivas, procedimientos de canto, relaciones entre música y danza, y maneras de organizar el ritmo.

La alternancia entre solista y coro, la utilización de patrones repetitivos y determinados procedimientos de improvisación encontraron un desarrollo fundamental en las comunidades afrodescendientes.

Pero no debemos imaginar estas aportaciones como elementos aislados que permanecieron intactos durante siglos.

Los encuentros culturales dieron lugar a transformaciones profundas.

Los instrumentos adquirieron nuevas funciones, las formas poéticas se adaptaron a otras melodías y los recursos rítmicos comenzaron a combinarse de maneras diferentes.

También participaron en estos procesos las culturas indígenas americanas, las tradiciones franco-caribeñas y otras influencias que llegaron a través de sucesivas migraciones.

En algunos géneros predominan rasgos claramente identificables con la tradición hispánica.

En otros, las aportaciones africanas adquieren una presencia especialmente destacada.

Y existen formas musicales, como el Son cubano, en las que el encuentro entre diferentes tradiciones resulta inseparable de su propia identidad.

La música del Caribe hispano nació, en buena medida, de esos procesos de transformación y mestizaje.

Pero no existe una fórmula matemática que permita asignar a cada género un porcentaje exacto de procedencia española o africana.

Su riqueza reside precisamente en que los elementos se combinaron hasta producir nuevas expresiones con personalidad propia.

La música también hizo el viaje de regreso

Uno de los aspectos más interesantes de esta historia es que el intercambio musical nunca tuvo una sola dirección.

Las canciones y los bailes viajaron desde España hacia América.

Pero desde muy pronto comenzaron también a circular expresiones americanas hacia Europa.

Las tripulaciones regresaban con melodías que habían escuchado en los puertos caribeños.

Los comerciantes, soldados y viajeros contribuían a divulgar nuevas formas de cantar y bailar.

Y las compañías teatrales desempeñarían posteriormente un papel fundamental en la circulación de repertorios entre ambas orillas.

Algunas danzas y canciones adquirieron una popularidad extraordinaria.

Entre los ejemplos más significativos encontramos la Habanera, cuyo desarrollo hemos estudiado en capítulos anteriores.

La Danza cubana se transformó y adquirió unas características que llamarían la atención de los músicos europeos.

Su denominación como Habanera reflejaba la importancia internacional que había alcanzado La Habana como centro de referencia cultural.

Y aquella música regresó a Europa convertida en una novedad que terminaría integrándose en numerosos repertorios.

El caso de La Paloma, compuesta por Sebastián Iradier, constituye uno de los ejemplos más conocidos.

Un músico vasco había creado una de las canciones que terminarían identificándose internacionalmente con el universo musical cubano.

La Habanera constituye, por tanto, una magnífica expresión de las relaciones musicales entre España y Cuba.

No pertenece exclusivamente a una historia peninsular ni puede comprenderse sin el desarrollo musical cubano.

Es una manifestación de aquellos viajes de ida y vuelta que caracterizaron durante siglos las relaciones atlánticas.

La Habanera: cuando un ritmo cubano conquista Europa

La popularidad internacional de la Habanera demuestra hasta qué punto los géneros musicales podían adquirir una identidad nueva al circular por diferentes territorios.

Su característica organización rítmica, relacionada con la Danza cubana y con otros patrones presentes en las músicas del Caribe, terminó convirtiéndose en un elemento reconocible para públicos muy diversos.

Los compositores europeos comenzaron a utilizar sus cadencias.

La Habanera apareció en repertorios de salón, obras teatrales, canciones y composiciones académicas.

También ejerció influencia sobre diferentes manifestaciones de la música popular.

El vínculo con España fue especialmente intenso.

Las Habaneras se difundieron mediante las relaciones marítimas, las compañías artísticas y los repertorios de músicos que habían conocido Cuba o sus expresiones musicales.

En distintas localidades españolas terminaron adquiriendo una presencia duradera.

Algunas de estas tradiciones se conservaron gracias a los grupos corales y a los encuentros musicales dedicados específicamente al género.

Su historia demuestra que una música puede nacer de un contexto cultural concreto y acabar formando parte de las tradiciones de territorios muy alejados de su lugar de desarrollo inicial.

La Habanera no perdió por ello su vinculación histórica con Cuba.

Por el contrario, se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles de las relaciones musicales entre ambas orillas del Atlántico.

Puerto Rico: la música Jíbara y la tradición de la Trova

Puerto Rico constituye otro escenario fundamental para comprender la diversidad musical del Caribe hispano.

Como sucede en Cuba, sus expresiones populares presentan características diferentes según las regiones, las comunidades y los ambientes sociales en los que se desarrollaron.

En las zonas rurales adquirió una gran importancia la música Jíbara, vinculada especialmente a las tradiciones campesinas.

El Cuatro puertorriqueño se convirtió en uno de sus instrumentos más representativos.

Junto a él encontramos la guitarra, el Güiro y otros instrumentos que participan en diferentes agrupaciones.

Los Aguinaldos y los Seises constituyen dos de las expresiones más importantes de este repertorio.

Existen numerosas variantes de Seis, con diferencias melódicas, rítmicas y coreográficas.

También encontramos Valses, Mazurcas Criollas y otras manifestaciones relacionadas con las tradiciones musicales que viajaron desde Europa y adquirieron nuevas características en Puerto Rico.

Merece especial atención la denominación Trova.

En Puerto Rico, la Trova se relaciona principalmente con las prácticas de canto e improvisación poética de los trovadores, especialmente vinculadas a la Décima y a la música Jíbara.

No debemos confundir esta tradición con la Trova cubana que hemos estudiado al tratar sobre Pepe Sánchez y los compositores santiagueros.

Comparten antecedentes culturales y la importancia del canto acompañado por instrumentos de cuerda, pero sus prácticas y repertorios poseen características diferentes.

La utilización de una misma palabra no significa necesariamente que estemos ante una manifestación musical idéntica.

La Bomba y la Plena: dos grandes expresiones afro-puertorriqueñas

Junto a la música Jíbara, Puerto Rico desarrolló otras manifestaciones en las que las aportaciones afrodescendientes desempeñaron un papel decisivo.

Entre ellas destacan la Bomba y la Plena.

La Bomba posee una larga historia relacionada con las comunidades afro-puertorriqueñas.

Una de sus características más singulares es la relación directa entre el bailarín y el tambor principal.

El bailarín realiza movimientos que el percusionista interpreta mediante respuestas rítmicas.

De esta manera, el diálogo no se produce solamente entre instrumentos o entre cantantes.

También se establece entre la danza y la percusión.

La Bomba conserva diferentes estilos y patrones rítmicos regionales, lo que demuestra la riqueza interna de esta tradición.

La Plena, por su parte, se desarrolló especialmente durante las primeras décadas del siglo XX en ambientes populares y urbanos.

Su repertorio adquirió una notable función narrativa.

Los cantantes relataban acontecimientos cotidianos, conflictos sociales, noticias y situaciones humorísticas.

Por eso la Plena ha sido conocida como una especie de periódico cantado.

Su instrumentación característica incorpora Panderetas de diferentes tamaños, aunque posteriormente adoptaría nuevas posibilidades de interpretación.

La Bomba y la Plena no son una misma expresión musical.

Tienen historias, instrumentos y procedimientos diferenciados.

Pero ambas representan aportaciones esenciales de Puerto Rico a la cultura musical del Caribe.

Venezuela: de los cantos campesinos al Joropo

Si nos desplazamos hacia las costas continentales del Caribe encontramos otro conjunto extraordinario de tradiciones musicales.

Venezuela constituye uno de los grandes escenarios de ese proceso.

Sus relaciones históricas con España, especialmente con Canarias, contribuyeron a la difusión de determinadas formas musicales y poéticas.

Pero la evolución venezolana incorporó también tradiciones africanas e indígenas, generando expresiones propias.

Entre sus géneros más representativos encontramos el Joropo, desarrollado especialmente en las regiones de los Llanos compartidas con Colombia.

El Arpa, el Cuatro y las Maracas forman una combinación instrumental característica de numerosas modalidades del Joropo.

Sus intérpretes desarrollaron formas de canto, acompañamiento e improvisación vinculadas a la vida campesina.

También adquirieron importancia el Galerón, el Pasaje, el Polo Margariteño, la Fulía, la Gaita y el Tamunangue, entre otras manifestaciones.

Algunas de estas expresiones conservan relaciones reconocibles con tradiciones musicales hispánicas.

Otras incorporan una presencia especialmente importante de la percusión y de diferentes procedimientos vocales de ascendencia africana.

El Polo Margariteño, por ejemplo, constituye un espacio especialmente interesante para estudiar la evolución de las formas poéticas y musicales hispánicas en territorio americano.

La Gaita venezolana, particularmente desarrollada en el Zulia, representa otra expresión de identidad regional que con el tiempo adquirió una proyección nacional.

En Venezuela encontramos, por tanto, una extraordinaria variedad de músicas que no pueden reducirse a un único origen cultural.

La riqueza de su repertorio refleja la diversidad histórica y geográfica del país.

Colombia: la Cumbia y las músicas de sus regiones

Colombia ofrece otro ejemplo de la extraordinaria capacidad creadora de las sociedades americanas.

Su posición geográfica y sus relaciones históricas con el Caribe, la región andina y el Pacífico favorecieron el desarrollo de tradiciones musicales muy diferentes.

Entre sus manifestaciones más conocidas encontramos la Cumbia.

La Cumbia surgió en el Caribe colombiano mediante procesos de interacción cultural en los que participaron tradiciones africanas, indígenas y europeas.

Su instrumentación tradicional incorpora diferentes tambores, Gaitas colombianas, Maracas y otros instrumentos, según las regiones y agrupaciones.

Con el tiempo experimentó transformaciones extraordinarias y adquirió una gran popularidad en numerosos países americanos.

Pero la música colombiana no se limita a la Cumbia.

También encontramos el Bambuco, el Pasillo, el Porro, el Bullerengue, el Mapalé, el Currulao, el Vallenato, la Guabina, el Torbellino, el Fandango y otras expresiones.

Cada una posee una historia y una distribución cultural propia.

El Bambuco y el Pasillo adquirieron una presencia destacada en las regiones andinas.

El Vallenato desarrolló una identidad musical reconocible en la región caribeña, incorporando instrumentos como el Acordeón, la Caja y la Guacharaca.

El Currulao constituye una de las grandes expresiones afrocolombianas del Pacífico.

Y el Porro representa una de las tradiciones bailables más significativas de la región caribeña.

En todos estos géneros encontramos procesos diferentes de transformación cultural.

Por ello debemos evitar imaginar la música colombiana como una sola tradición uniforme.

La diversidad regional es una de sus características fundamentales.

República Dominicana: mucho más que Merengue

La República Dominicana ocupa un lugar esencial en el desarrollo musical del Caribe.

Su historia contiene expresiones relacionadas con las tradiciones hispánicas, africanas y antillanas que contribuyeron a crear una identidad musical propia.

El Merengue acabaría convirtiéndose en uno de los grandes símbolos nacionales dominicanos.

Sin embargo, no fue la única manifestación importante.

En los repertorios populares encontramos la Mangulina, el Carabiné, el Pambiche, la Sarandunga, los Palos, la Salve y otras formas musicales vinculadas a diferentes celebraciones y comunidades.

Los cantos religiosos y las expresiones de raíz africana desarrollaron una extraordinaria variedad de procedimientos vocales y percusivos.

También debemos detenernos en una palabra especialmente interesante: Bachata.

Durante mucho tiempo, en diferentes ambientes caribeños, el término Bachata se utilizó para referirse a reuniones, fiestas o encuentros populares en los que se cantaba y bailaba.

No identificaba necesariamente el género musical que hoy conocemos con ese nombre.

La Bachata dominicana moderna surgiría mucho después, durante el siglo XX, en relación con tradiciones de canción, guitarra y baile que estudiaremos cuando corresponda.

Esta distinción es importante para comprender cómo determinadas palabras populares pueden adquirir nuevos significados musicales.

El Merengue y la Bachata llegarían a tener una enorme proyección internacional.

Pero su desarrollo fue resultado de historias diferentes que no debemos confundir.

Panamá: el Tamborito y los encuentros del Caribe continental

Panamá constituye otro espacio fundamental para comprender las relaciones musicales del Caribe.

Su situación geográfica favoreció históricamente la circulación de personas y tradiciones entre diferentes regiones americanas.

La relación con Colombia fue especialmente intensa durante largos períodos.

Entre las manifestaciones musicales más características del país encontramos el Tamborito, expresión que combina canto, percusión y danza.

También destacan la Mejorana, la Cumbia panameña y la Tamborera.

El Tamborito presenta distintas modalidades regionales y suele incorporar procedimientos de alternancia entre una voz principal y un coro, acompañados por percusión.

La Mejorana, como instrumento y como referencia a determinadas prácticas musicales campesinas, posee una importancia especial en distintas regiones panameñas.

Al igual que sucede en otros territorios caribeños, la música panameña refleja los encuentros entre tradiciones hispánicas, africanas e indígenas.

Y ofrece un ejemplo más de cómo los géneros musicales evolucionaron en sociedades comunicadas por rutas comerciales, movimientos migratorios y relaciones históricas compartidas.

Más allá del Caribe geográfico

Si aceptamos la reflexión de Cristóbal Díaz Ayala sobre el Caribe como una realidad cultural que supera sus límites geográficos, debemos considerar también otras manifestaciones desarrolladas fuera de sus costas inmediatas.

En México encontramos expresiones como el Son Jarocho, la Jarana Yucateca, el Huapango, el Corrido y la Canción Yucateca.

No todos estos géneros pertenecen directamente a una misma tradición caribeña, pero algunos mantienen conexiones musicales e históricas con los intercambios desarrollados alrededor del Golfo de México.

El Son Jarocho, por ejemplo, presenta una importante síntesis de aportaciones hispánicas, africanas e indígenas.

En Centroamérica encontramos otras formas de Son, danzas y músicas populares que participaron de diferentes procesos de circulación cultural.

Y si ampliamos nuestra mirada hacia Sudamérica, podemos identificar manifestaciones de gran importancia como el Candombe uruguayo, el Landó y el Festejo peruanos.

Estos géneros no deben incorporarse indiscriminadamente a una supuesta familia musical única.

Cada uno responde a circunstancias históricas y culturales propias.

Pero todos ellos ayudan a comprender la amplitud de los procesos de mestizaje musical que se desarrollaron en los territorios americanos.

La música viajó mucho más lejos que las fronteras políticas.

Los músicos anónimos: los grandes protagonistas del intercambio

Cuando estudiamos la historia musical solemos recordar a los grandes compositores, intérpretes y directores de orquesta.

Pero durante siglos, buena parte de los intercambios musicales fueron realizados por personas cuyos nombres no han llegado hasta nosotros.

Marineros, soldados, artesanos, campesinos, trabajadores portuarios, comerciantes y emigrantes llevaron consigo las canciones que conocían.

Las interpretaban en sus lugares de trabajo, en reuniones familiares, durante las celebraciones y en los establecimientos donde se encontraban con otras personas.

Muchos de aquellos músicos no sabían escribir partituras.

Tampoco necesitaban hacerlo para transmitir una canción.

La tradición oral permitía conservar melodías, letras y formas de acompañamiento.

Y esa misma transmisión favorecía las transformaciones.

Un cantante aprendía una composición y la interpretaba de manera diferente.

Un guitarrista modificaba su acompañamiento.

Un percusionista incorporaba nuevos acentos.

Y una melodía que había nacido en una región adquiría características distintas cuando comenzaba a escucharse en otra.

De este modo se construyó una parte fundamental de la música popular.

No mediante decisiones tomadas por instituciones oficiales, sino mediante la creatividad cotidiana de las comunidades.

Díaz Ayala destacó precisamente la importancia de aquellas personas que transportaron y transformaron las expresiones musicales.

Sin ellas, la historia del Caribe habría sido completamente diferente.

El Caribe, un laboratorio musical de alcance universal

La extraordinaria riqueza musical del Caribe no puede atribuirse a una sola causa.

Su posición geográfica, sus relaciones marítimas, las migraciones, las diferencias sociales y los encuentros entre culturas contribuyeron a crear un espacio singular.

Durante siglos, el Caribe fue escenario de procesos históricos profundamente contradictorios.

Hubo comercio, convivencia e intercambio cultural.

Pero también esclavitud, violencia, desigualdad y conflictos políticos.

No debemos separar artificialmente la riqueza musical de aquellas circunstancias.

Las sociedades que desarrollaron estas expresiones estaban construidas sobre relaciones humanas complejas, y sus músicas reflejaron tanto las dificultades como la creatividad de quienes las protagonizaron.

El resultado fue una extraordinaria variedad de géneros musicales.

La Contradanza, la Habanera, el Danzón, el Bolero, la Conga, el Son, la Bomba, la Plena, el Merengue, la Cumbia y tantas otras expresiones son ejemplos de procesos diferentes que, sin embargo, compartieron escenarios de intercambio cultural.

Algunos géneros circularon rápidamente entre distintas regiones.

Otros conservaron durante mucho tiempo una vinculación muy estrecha con sus comunidades de origen.

Pero todos contribuyeron a enriquecer el panorama musical americano.

El Caribe no fue solamente un receptor de influencias.

Se convirtió en uno de los grandes centros creadores de música popular que posteriormente se difundiría por todo el mundo.

Cristóbal Díaz Ayala: un investigador que dedicó su vida a conservar la música cubana

Quiero cerrar este recorrido recuperando la figura de Cristóbal Díaz Ayala, cuya ponencia en Bilbao ha servido de hilo conductor para este capítulo.

Su importancia para la historia de la música cubana va mucho más allá de sus publicaciones.

Durante décadas reunió grabaciones, documentos, partituras, fotografías e información sobre compositores e intérpretes.

Su trabajo permitió conservar y ordenar una parte extraordinaria del patrimonio musical cubano y latinoamericano.

Después de abandonar Cuba tras la Revolución, continuó desarrollando una intensa actividad investigadora y coleccionista.

Una parte esencial de aquel esfuerzo quedó vinculada a la Universidad Internacional de Florida, donde se conserva la Colección Díaz-Ayala de Música Popular Cubana y Latinoamericana.

Para mí, sin embargo, Cristóbal no fue solamente una referencia bibliográfica.

Tuve la satisfacción de conocerlo personalmente y de mantener con él encuentros y conversaciones sobre la historia de la música cubana.

Conservo aproximadamente cuatro horas de grabaciones audiovisuales realizadas en su propia casa.

Aquellas imágenes forman parte de mi archivo personal y constituyen un testimonio que considero especialmente valioso.

Porque escuchar a un investigador explicar su trabajo, sus descubrimientos y sus recuerdos permite conocer dimensiones que no siempre aparecen en sus libros.

Su interpretación del Caribe como una cultura que trasciende las fronteras geográficas resume una de las ideas fundamentales que han guiado mi investigación durante décadas.

La música no pertenece exclusivamente a los territorios donde nació.

Viaja con las personas.

Se transforma cuando encuentra nuevas culturas.

Y continúa viviendo allí donde alguien la interpreta.

Los pueblos cambian sus fronteras, pero las canciones siguen viajando

Cuando terminaba el siglo XIX, Cuba había dejado de pertenecer políticamente a España.

Puerto Rico había seguido un destino institucional diferente bajo soberanía estadounidense.

Los demás territorios americanos habían desarrollado sus propios procesos históricos.

Sin embargo, las relaciones musicales construidas durante siglos continuaban vivas.

La guitarra española había adquirido nuevas formas y funciones en América.

Las tradiciones africanas habían contribuido decisivamente a crear procedimientos rítmicos y vocales que transformarían la música popular.

Las expresiones indígenas y las sucesivas migraciones habían enriquecido todavía más aquel panorama.

Y los músicos seguían viajando.

Un Bolero podía salir de Santiago de Cuba y terminar interpretándose en México.

Una Habanera podía adquirir popularidad en España.

Un ritmo de origen caribeño podía transformarse al llegar a otra ciudad americana.

La historia de la música continuaba desarrollándose al margen de los cambios de soberanía.

De eso trata, en buena medida, este libro.

DE COLÓN AL REGUETÓN es la historia de las músicas que cruzaron el Atlántico, se encontraron en el Caribe y continuaron transformándose durante más de cinco siglos.

Ahora que hemos recorrido este inmenso espacio cultural, podemos regresar a Cuba y avanzar hacia las primeras décadas del siglo XX.

Nos encontraremos con una sociedad que había construido una extraordinaria identidad musical, pero en la que persistían profundas desigualdades y prejuicios.

Porque no todas las expresiones musicales recibían el mismo reconocimiento.

Algunas de las tradiciones que habían contribuido decisivamente a formar la cultura cubana llegaron a ser perseguidas por las propias autoridades.

Y esa contradicción nos conduce al siguiente capítulo.

La música popular cubana frente a los prejuicios sociales.