El final de la soberanía española en Cuba, después de la guerra de 1898, transformó el mapa político del Caribe. La intervención de Estados Unidos abrió una nueva etapa que culminaría con el nacimiento de la República cubana en 1902. Sin embargo, los vínculos humanos, lingüísticos y musicales construidos durante cuatro siglos permanecieron vivos. Las Habaneras, los Danzones, las Canciones Criollas y los Boleros continuaron sonando mientras una nueva nación buscaba su lugar en el mundo.
Una ruptura política que no podía borrar cuatro siglos de historia
El final del siglo XIX representa uno de los momentos más importantes de nuestra historia compartida con Cuba.
Durante casi cuatrocientos años, la mayor de las Antillas había formado parte de los territorios de la Monarquía española, atravesando diferentes etapas de organización política y administrativa.
En el siglo XIX, Cuba estaba organizada en provincias españolas de Ultramar, aunque sometida a un régimen jurídico y político especial que la diferenciaba de las provincias peninsulares.
Sus habitantes habían desarrollado una sociedad con personalidad propia, formada por sucesivas generaciones de españoles llegados desde diferentes regiones de la Península y Canarias, por poblaciones africanas trasladadas mediante la esclavitud, por sus descendientes y por otras comunidades que participaron en la construcción de aquella sociedad caribeña.
La integración de todas aquellas tradiciones fue desigual y estuvo marcada por profundas diferencias sociales y por la violencia de la esclavitud, pero dio lugar a una cultura de extraordinaria riqueza.
Cuba había adquirido una personalidad musical reconocible mucho antes de alcanzar su independencia política.
La Contradanza, la Danza, la Habanera, el Danzón y las Canciones Criollas constituían manifestaciones de una sociedad que había transformado las tradiciones musicales recibidas en expresiones propias.
En Santiago de Cuba, Pepe Sánchez y los primeros trovadores estaban desarrollando una nueva forma de canción, mientras en Matanzas el Danzón continuaba evolucionando.
La isla pertenecía políticamente a España.
Pero musicalmente ya era profundamente cubana.
Y cuando en 1898 desapareció la soberanía española, aquella identidad cultural no podía desaparecer con ella.
1886: el final definitivo de la esclavitud en Cuba
Antes de abordar los acontecimientos de 1898 debemos detenernos en una fecha esencial.
La abolición definitiva de la esclavitud en Cuba llegó en 1886.
El proceso había avanzado mediante diferentes disposiciones, entre ellas la Ley de 1880, que estableció el llamado Patronato, un régimen transitorio por el que los antiguos esclavizados continuaban sometidos a obligaciones laborales y a la autoridad de sus patronos.
Aquel sistema no significaba todavía una emancipación plenamente efectiva.
Su desaparición definitiva en 1886 puso fin al régimen jurídico de esclavitud que había marcado profundamente la economía y la sociedad cubanas.
Pero una cosa era la abolición legal y otra la desaparición de las desigualdades raciales, económicas y sociales que habían acompañado al sistema esclavista.
Estas diferencias persistieron durante mucho tiempo.
Desde el punto de vista musical, resulta imposible comprender la evolución cubana sin considerar la extraordinaria importancia de las comunidades afrodescendientes.
Sus tradiciones religiosas, sus instrumentos, sus formas de canto, sus procedimientos rítmicos y sus celebraciones comunitarias participaron decisivamente en la construcción de la música popular de la isla.
La abolición de la esclavitud no significó el reconocimiento inmediato de todas aquellas manifestaciones.
Durante las primeras décadas de la República, algunas continuarían sufriendo persecuciones, prejuicios y prohibiciones.
Pero ese asunto merece un capítulo específico, porque la historia de la música cubana también es la historia de los obstáculos que tuvieron que superar sus creadores.
José Martí y el sueño de una Cuba independiente
Durante la segunda mitad del siglo XIX, Cuba vivió diferentes conflictos políticos y militares relacionados con su futuro.
La Guerra de los Diez Años, iniciada en 1868 y concluida mediante la Paz de Zanjón en 1878, no resolvió definitivamente las aspiraciones independentistas.
Durante los años siguientes continuaron desarrollándose movimientos políticos que defendían distintas soluciones para la isla.
Entre las figuras más destacadas del independentismo cubano sobresalió José Martí.
Nacido en La Habana en 1853, Martí fue escritor, periodista, poeta y organizador político.
Su actividad intelectual y revolucionaria lo llevó a residir durante largos períodos fuera de Cuba, especialmente en Estados Unidos.
Desde Nueva York desarrolló una intensa labor de organización que desembocó en la creación del Partido Revolucionario Cubano en 1892.
Martí defendía una Cuba independiente de España, pero también manifestaba una profunda preocupación por las posibilidades de expansión estadounidense sobre el Caribe.
Su proyecto político aspiraba a construir una nación soberana que pudiera desarrollar su propia personalidad sin quedar sometida a otra potencia.
En febrero de 1895 comenzó una nueva insurrección independentista, conocida históricamente por el Grito de Baire, aunque los levantamientos se produjeron en diferentes localidades.
Martí se incorporó a la lucha armada.
Pero no llegaría a conocer su desenlace.
El 19 de mayo de 1895 murió en Dos Ríos, durante un enfrentamiento con tropas españolas.
Su desaparición privó al movimiento independentista de una de sus principales figuras intelectuales y políticas.
La guerra continuaría durante tres años más.
Y terminaría transformándose en un conflicto internacional.
1898: España y Estados Unidos entran en guerra
En 1898, la situación cubana quedó profundamente condicionada por la intervención de Estados Unidos.
La explosión del acorazado estadounidense Maine en el puerto de La Habana, el 15 de febrero de aquel año, contribuyó a incrementar las tensiones entre Washington y Madrid.
Las causas exactas de aquella explosión fueron objeto de investigaciones y controversias.
En abril comenzó la guerra entre España y Estados Unidos.
El enfrentamiento se extendió más allá de Cuba y alcanzó otros territorios españoles, especialmente Puerto Rico y Filipinas.
Las derrotas militares españolas condujeron a la firma del protocolo de paz en agosto y, posteriormente, del Tratado de París, el 10 de diciembre de 1898.
El tratado puso fin a la soberanía española sobre Cuba.
Pero conviene precisar lo sucedido, porque la evolución de Cuba y Puerto Rico fue diferente.
España renunció a sus derechos de soberanía sobre Cuba, cuyo territorio quedó bajo ocupación militar estadounidense.
En cambio, Puerto Rico fue cedido directamente a Estados Unidos, al igual que Guam y Filipinas.
La distinción no es menor.
Cuba no pasó a formar parte de Estados Unidos del mismo modo que Puerto Rico.
Pero tampoco pudo constituirse inmediatamente como República independiente.
Comenzaba un período de transición bajo administración militar estadounidense.
El Tratado de París: una paz negociada sin representantes cubanos
Uno de los aspectos más significativos de las negociaciones de París fue la ausencia de representantes del movimiento independentista cubano entre los firmantes del tratado.
La paz que determinó el futuro político de Cuba fue acordada entre España y Estados Unidos.
Los cubanos que habían combatido por la independencia no participaron como delegación firmante.
Esta circunstancia alimentó posteriormente las tensiones sobre la soberanía y el alcance real de la independencia cubana.
El 1 de enero de 1899 finalizó formalmente la presencia del poder español en La Habana y comenzó la administración militar estadounidense de la isla.
Habían terminado casi cuatro siglos de soberanía española.
Pero la independencia republicana todavía tendría que esperar.
Estados Unidos mantuvo la ocupación militar hasta el 20 de mayo de 1902.
Ese día se proclamó la República de Cuba y Tomás Estrada Palma asumió la presidencia.
La nueva nación nacía bajo importantes condicionamientos exteriores.
La Enmienda Platt, incorporada a su marco constitucional, reconocía a Estados Unidos determinadas facultades de intervención en los asuntos cubanos.
Su aplicación marcaría profundamente las relaciones entre ambos países durante las décadas siguientes.
La República había nacido.
Pero la discusión sobre los límites de su soberanía continuaría formando parte de la historia política cubana.
La independencia política no significó una separación cultural
Ahora bien, ¿qué sucedió con los vínculos culturales entre Cuba y España?
Esta pregunta constituye uno de los motivos por los que he considerado necesario detener nuestra narración musical en 1898.
Porque cuando las tropas españolas abandonaron Cuba no desaparecieron las familias, las tradiciones, los instrumentos, las canciones ni las costumbres que se habían formado durante siglos.
Las nuevas fronteras políticas no podían modificar de inmediato las relaciones humanas construidas a lo largo de generaciones.
Cuba continuó hablando español.
Las Décimas, los Puntos Cubanos, las Guajiras y las Canciones Criollas conservaron buena parte de sus conexiones con las tradiciones musicales hispánicas.
Las Habaneras siguieron interpretándose en Cuba y España.
El Danzón, nacido de la evolución de formas musicales anteriores, continuó desarrollándose hasta convertirse en uno de los grandes símbolos de la música cubana.
Y los trovadores santiagueros siguieron componiendo y cantando sus obras.
La continuidad cultural no significaba que Cuba careciera de identidad propia.
Todo lo contrario.
Las tradiciones que habían llegado desde España se habían transformado al entrar en contacto con otras expresiones musicales y sociales.
La música cubana era ya una creación cultural diferenciada.
Por eso podemos afirmar que la independencia política no interrumpió el proceso musical que estaba desarrollándose.
Los Danzones, Boleros y Canciones Criollas no cambiaron de naturaleza porque cambiara la soberanía del territorio en el que habían nacido.
La música siguió su camino.
Una nueva inmigración española mantiene vivos los vínculos
Existe otro fenómeno histórico que debemos destacar.
Después de 1898 continuó llegando a Cuba una importante inmigración procedente de España.
Gallegos, asturianos, cántabros, canarios, castellanos y emigrantes de otras regiones encontraron en la isla oportunidades laborales y comerciales.
Muchos de ellos se incorporaron a las actividades agrícolas, industriales, comerciales y de servicios.
Otros participaron en asociaciones culturales, sociedades regionales y centros recreativos.
Estas instituciones mantuvieron vivas diversas tradiciones musicales, gastronómicas y festivas.
Los emigrantes llevaron consigo sus canciones y bailes, mientras sus hijos y descendientes participaban también de la cultura cubana que continuaba evolucionando.
El intercambio musical seguía funcionando en ambos sentidos.
Desde España llegaban repertorios, instrumentos e intérpretes.
Desde Cuba viajaban nuevas composiciones, ritmos y formas de bailar.
Los vínculos familiares, comerciales y artísticos permitieron que aquellos intercambios continuaran durante las primeras décadas del siglo XX.
La separación política no había terminado con los viajes de ida y vuelta.
Y musicalmente, como veremos más adelante, aquellas relaciones producirían todavía nuevas manifestaciones.
Estados Unidos y la nueva influencia cultural sobre Cuba
La presencia estadounidense abrió una etapa diferente en la evolución económica y cultural cubana.
Durante las primeras décadas del siglo XX, las inversiones, las relaciones comerciales y los intercambios artísticos con Estados Unidos fueron adquiriendo una importancia creciente.
La industria azucarera, los transportes, el turismo y las actividades comerciales favorecieron el contacto entre ambas sociedades.
La música también participó de estos intercambios.
Las compañías discográficas estadounidenses comenzaron a prestar atención a los intérpretes cubanos.
Los nuevos sistemas de grabación permitieron difundir canciones y ritmos mucho más allá de sus lugares de origen.
La expansión de la industria del espectáculo y, posteriormente, de la Radio y el Cine, ampliaría todavía más aquellas posibilidades.
Pero la influencia musical no tuvo una dirección única.
Así como Cuba recibió nuevas expresiones procedentes de Estados Unidos, la música cubana también influyó sobre intérpretes, compositores y públicos estadounidenses.
El intercambio entre el Caribe y Norteamérica terminaría desempeñando un papel fundamental en la evolución musical del siglo XX.
El Jazz, el Son, la Rumba, el Mambo y otros géneros encontrarían espacios de contacto, aunque cada uno de ellos seguiría sus propios procesos históricos.
Con el tiempo, ciudades como Nueva York se convertirían en escenarios esenciales para la difusión de la música caribeña.
La historia de la Salsa, muchas décadas después, sería imposible de comprender sin tener en cuenta esas relaciones.
Cuba, Puerto Rico y España: caminos políticos diferentes, conexiones musicales compartidas
El final del siglo XIX también separó los destinos políticos de Cuba y Puerto Rico.
Ambas islas habían formado parte de España durante siglos, pero el desenlace de 1898 fue diferente.
Cuba inició un período de ocupación militar estadounidense antes de constituirse como República.
Puerto Rico quedó bajo soberanía estadounidense y desarrolló una evolución institucional propia.
Estas diferencias políticas no impidieron que ambas islas continuaran compartiendo numerosos elementos culturales.
El español siguió siendo una lengua fundamental de comunicación.
Las tradiciones musicales de raíz hispánica continuaron presentes, enriquecidas por las aportaciones africanas y por los desarrollos culturales propios de cada territorio.
En Puerto Rico, los Aguinaldos, los Seises y otras manifestaciones de la música jíbara mantuvieron estrechas relaciones con tradiciones de la Península y Canarias.
La Bomba y la Plena, por su parte, expresaron otras dimensiones de la cultura puertorriqueña, vinculadas a la historia social y musical de la isla.
En Cuba, el Danzón, el Bolero, la Conga y el posterior desarrollo del Son contribuyeron a configurar un panorama musical de enorme riqueza.
Ambas tradiciones continuarían encontrándose.
Y durante el siglo XX, los músicos puertorriqueños desempeñarían un papel decisivo en la expansión internacional de algunos géneros nacidos en Cuba.
La historia musical caribeña demuestra que los límites políticos no siempre coinciden con las fronteras culturales.
El Danzón y la Trova sobreviven al cambio de siglo
Volvamos ahora a los protagonistas musicales que hemos conocido en nuestros capítulos anteriores.
En 1898 habían transcurrido diecinueve años desde la presentación convencional del primer Danzón de Miguel Faílde en Matanzas.
Durante ese período, el género había adquirido una extraordinaria popularidad.
Las Orquestas Típicas interpretaban Danzones en salones, sociedades recreativas y celebraciones.
Nuevas agrupaciones instrumentales comenzaban a transformar su sonoridad.
La futura Charanga se preparaba para desempeñar un papel destacado durante las primeras décadas del siglo XX.
Mientras tanto, en Santiago de Cuba, Pepe Sánchez y los trovadores continuaban desarrollando la canción.
El Bolero, cuya formulación musical había quedado asociada a Tristezas, de 1883, iniciaba un largo proceso de expansión.
Las Canciones Criollas seguían formando parte de los repertorios.
Y nuevas generaciones de músicos, como Sindo Garay, Alberto Villalón y Rosendo Ruiz, participarían en su evolución.
La llegada del nuevo siglo encontró, por tanto, una música cubana con identidad propia.
No había que esperar a la independencia política para que naciera una cultura musical nacional.
Esa cultura llevaba décadas desarrollándose.
La música como memoria de una sociedad
El Danzón y las canciones de los trovadores compartían algo que trasciende sus diferencias musicales.
Ambos reflejaban aspectos de la sociedad cubana.
Los compositores de Danzones recogían acontecimientos políticos, noticias, personajes populares, avances tecnológicos y episodios cotidianos.
Los trovadores, por su parte, componían canciones sobre el amor, las despedidas, los sentimientos, las experiencias personales y, en ocasiones, los acontecimientos políticos.
La música actuaba como una forma de memoria colectiva.
En una época en la que los medios de comunicación todavía no habían alcanzado la presencia que adquirirían durante el siglo XX, las canciones permitían transmitir historias, emociones y opiniones.
Su difusión dependía inicialmente de la interpretación directa.
Los músicos viajaban, participaban en celebraciones y compartían sus repertorios.
Pero pronto llegarían nuevas tecnologías que transformarían radicalmente esta situación.
Las grabaciones fonográficas, los espectáculos internacionales y la Radio permitirían llevar la música cubana a públicos que nunca habían visitado la isla.
El siglo XX abriría así un escenario completamente nuevo.
Los pueblos permanecen cuando cambian los gobiernos
Cuando escribí mis primeras reflexiones sobre la separación de Cuba y España, insistí en una idea que considero necesario conservar en esta nueva obra.
Los sistemas políticos cambian.
Los gobiernos se suceden.
Las fronteras pueden modificarse mediante guerras, tratados y decisiones diplomáticas.
Pero los vínculos culturales entre los pueblos poseen una continuidad que no depende exclusivamente de esas circunstancias.
Naturalmente, la historia compartida entre Cuba y España no estuvo exenta de conflictos, desigualdades ni enfrentamientos.
La esclavitud, las diferencias sociales, los movimientos independentistas y las guerras forman parte inseparable de aquel pasado.
No debemos ocultarlos ni simplificarlos.
Pero tampoco podemos ignorar que durante siglos se desarrollaron relaciones familiares, lingüísticas, artísticas y culturales que dejaron una huella profunda en ambas sociedades.
La música constituye una de las expresiones más evidentes de esa continuidad.
Cuando una Habanera es interpretada en España, cuando un trovador cubano canta una composición acompañándose con su guitarra o cuando reconocemos los vínculos entre un Punto Cubano y determinadas tradiciones de la Península, estamos escuchando fragmentos de una historia compartida.
Y esa historia no terminó en 1898.
Hacia el siglo XX: una nueva etapa para la música del Caribe
El final de la soberanía española sobre Cuba coincidió con una etapa de profundas transformaciones internacionales.
La expansión de los transportes marítimos, el desarrollo de la industria fonográfica y el crecimiento de los grandes centros urbanos favorecerían una circulación musical cada vez más intensa.
Los músicos cubanos encontrarían nuevas posibilidades profesionales.
Las agrupaciones evolucionarían.
Los géneros se transformarían y aparecerían nuevas combinaciones.
El Danzón continuaría enriqueciendo su estructura.
El Bolero iniciaría su expansión por otros países.
La tradición de los trovadores incorporaría nuevas generaciones de compositores e intérpretes.
Y el Son, cuyos antecedentes se desarrollaban desde hacía tiempo en diferentes ambientes musicales cubanos, terminaría consolidándose como una de las principales expresiones populares del siglo XX.
La música cubana estaba preparada para iniciar una etapa de extraordinaria proyección internacional.
Pero su futuro no podía comprenderse únicamente desde la historia de una isla.
Porque Cuba formaba parte de un espacio cultural mucho más amplio.
Un territorio unido por el mar, los viajes, las migraciones, los idiomas y las músicas.
Un espacio en el que las canciones habían circulado durante siglos y donde continuarían naciendo nuevas expresiones culturales.
Ese territorio era el Caribe.
Y para comprenderlo debemos recuperar una reflexión que tuve ocasión de escuchar personalmente en Bilbao, en 1996, durante el Congreso Internacional de Música Tropical que dirigí.
La formuló el investigador cubano Cristóbal Díaz Ayala:
El Caribe, como el Mediterráneo, es mucho más que un mar. Es una cultura que ha sobrepasado sus propios límites geográficos.
Esa idea nos servirá de punto de partida para el siguiente capítulo de nuestra historia.
Porque antes de continuar con la evolución musical cubana debemos conocer el inmenso laboratorio cultural del que forma parte.
El Caribe que nos une.
