Durante las primeras décadas del siglo XX, Cuba y Puerto Rico proporcionaron a la música en español un repertorio que terminaría siendo conocido en todo el mundo. Ernesto Lecuona llevó las sonoridades cubanas al Piano, al teatro lírico y a los grandes escenarios internacionales. Rafael Hernández transformó las preocupaciones de su pueblo y los sentimientos humanos en canciones universales. Gonzalo Roig, Rodrigo Prats y otros compositores enriquecieron el teatro musical cubano, mientras Rita Montaner, Bola de Nieve y Esther Borja demostraban que una gran interpretación podía transformar definitivamente el destino de una canción. El Caribe no solamente estaba creando nuevos ritmos: también estaba construyendo un extraordinario patrimonio de melodías.
Cuando el Caribe comenzó a escribir su gran cancionero
Hasta ahora hemos seguido principalmente la evolución de los géneros musicales.
La Contradanza y la Danza fueron adquiriendo personalidad propia en Cuba. La Habanera cruzó el Atlántico y alcanzó una extraordinaria popularidad. El Danzón conquistó los salones, mientras la Trova y el Bolero desarrollaron nuevas maneras de expresar los sentimientos humanos. Después llegaron el Son, los grandes Sextetos y Septetos y las transformaciones que permitieron ampliar la popularidad de la Rumba y las Congas.
Pero llega un momento en el que debemos detenernos y prestar atención a los compositores.
Porque la historia de la música no se construye únicamente mediante la aparición de nuevos ritmos.
También existe una historia de las melodías.
Canciones que pueden interpretarse de maneras diferentes, que sobreviven a las agrupaciones que las estrenaron y que terminan formando parte de la memoria sentimental de varias generaciones.
Un Bolero puede interpretarse con Guitarras, Piano o una gran orquesta.
Una Guajira puede transformarse mediante nuevos arreglos.
Y una canción escrita para una representación teatral puede adquirir una vida independiente cuando comienza a ser interpretada por otros cantantes.
Eso fue precisamente lo que sucedió durante las primeras décadas del siglo XX.
Cuba y Puerto Rico proporcionaron algunos de los más importantes compositores del cancionero hispanoamericano. Sus obras alcanzaron una popularidad extraordinaria y fueron interpretadas por músicos de diferentes países.
El crecimiento de la industria discográfica y de la Radio favoreció aquel proceso. También contribuyeron las compañías teatrales, las orquestas profesionales y los viajes de los artistas.
Pero nada de eso habría sido suficiente sin las canciones.
La expansión de la música caribeña necesitaba composiciones capaces de despertar emociones. Y aquellos músicos consiguieron crear un repertorio que ha sobrevivido al paso del tiempo.
Cuba y Puerto Rico: dos islas y un espacio musical compartido
Al estudiar a los grandes compositores de esta época debemos evitar presentar las historias de Cuba y Puerto Rico como procesos completamente independientes.
Durante siglos, ambas islas habían mantenido relaciones culturales dentro de la Monarquía española. Las migraciones, las comunicaciones marítimas y los intercambios comerciales favorecieron la circulación de costumbres, instrumentos y repertorios.
La separación política de finales del siglo XIX no eliminó aquellas relaciones.
Los músicos continuaron viajando.
Las canciones circularon entre las islas.
Y posteriormente las comunidades cubanas y puertorriqueñas establecidas en Nueva York contribuyeron a crear nuevos espacios de encuentro.
El Bolero representa un ejemplo extraordinario de aquella relación. Nacido y desarrollado como género cubano, encontró en Puerto Rico compositores e intérpretes que contribuyeron decisivamente a ampliar su repertorio.
Lo mismo sucedió con otras formas de canción.
Los artistas conocían composiciones procedentes de diferentes países. Las incorporaban a sus actuaciones y, en ocasiones, desarrollaban nuevos arreglos.
La historia de la música popular caribeña constituye así un proceso de relaciones continuas.
Y dentro de aquella historia encontramos a dos compositores fundamentales.
El cubano Ernesto Lecuona y el puertorriqueño Rafael Hernández.
Sus trayectorias fueron diferentes, pero ambos contribuyeron a construir un repertorio musical que terminaría alcanzando una dimensión internacional extraordinaria.
Ernesto Lecuona: un compositor entre el Piano, el teatro y la canción popular
Ernesto Lecuona nació en Guanabacoa, en las proximidades de La Habana, en la última década del siglo XIX. Las fuentes biográficas presentan discrepancias sobre el año exacto de su nacimiento, situado habitualmente en 1895 o 1896.
Procedía de una familia estrechamente vinculada a la cultura y a la música. Su padre era originario de las Islas Canarias, circunstancia que nos recuerda los profundos vínculos familiares y culturales existentes entre ambas orillas del Atlántico.
Desde pequeño demostró una extraordinaria facilidad para la interpretación.
El Piano terminó convirtiéndose en el instrumento fundamental de su trayectoria. Recibió formación musical y desarrolló una preparación técnica que le permitió destacar como intérprete y compositor.
Pero su personalidad artística no quedó limitada a la música académica.
Lecuona conocía las posibilidades expresivas de los repertorios populares cubanos. También poseía una profunda familiaridad con la música española y con las formas internacionales de teatro musical.
Aquellas experiencias le permitieron desarrollar una obra extraordinariamente variada.
Compuso piezas para Piano, canciones, Danzas, Valses, obras orquestales y numerosas composiciones destinadas al teatro.
Su actividad profesional lo llevó a diferentes países de América y Europa.
Y terminó convirtiéndose en uno de los grandes nombres internacionales de la música cubana.
Su importancia reside precisamente en la capacidad para relacionar diferentes mundos artísticos.
Lecuona podía escribir una composición destinada al concierto y, al mismo tiempo, crear una canción capaz de alcanzar una popularidad extraordinaria.
No consideraba que la música popular y la música de formación académica tuvieran que permanecer separadas.
Encontró maneras de relacionarlas.
Y aquella capacidad constituye una de las claves de su obra.
Ernestina Lecuona: la mujer que inició musicalmente a Ernesto
Cuando recordamos la trayectoria de Ernesto Lecuona debemos prestar atención a una figura que con frecuencia queda relegada por la fama internacional de su hermano.
Ernestina Lecuona.
Fue pianista, compositora y profesora.
Su actividad musical comenzó antes de que Ernesto alcanzara reconocimiento profesional.
Y desempeñó una función fundamental dentro de su formación.
Ernestina contribuyó a introducir a su hermano en el estudio del Piano y en los primeros conocimientos musicales.
También desarrolló una obra propia que merece reconocimiento.
Compuso canciones y piezas instrumentales, participó en actividades artísticas y colaboró con intérpretes de distintas generaciones.
Su presencia demuestra nuevamente que la historia de la música caribeña no puede construirse exclusivamente alrededor de los grandes nombres masculinos.
En ocasiones, el éxito de una figura termina ocultando a las personas que participaron decisivamente en su formación.
Pero la trayectoria de Ernesto Lecuona no puede comprenderse plenamente sin recordar a Ernestina.
La familia constituyó uno de sus primeros ambientes musicales.
Y aquellas experiencias proporcionaron las bases sobre las que desarrollaría su extraordinaria carrera.
«Siboney»: una canción cubana que conquistó al mundo
Entre las composiciones más conocidas de Ernesto Lecuona encontramos Siboney.
La canción surgió dentro del universo teatral de su autor y terminó alcanzando una vida independiente.
Su melodía adquirió una enorme popularidad.
Fue interpretada por cantantes y agrupaciones muy diferentes.
Y alcanzó públicos alejados de los escenarios donde había comenzado a difundirse.
El título evoca a los siboneyes, denominación histórica relacionada con las poblaciones indígenas del Caribe, aunque debemos recordar que las clasificaciones étnicas antiguas no siempre coinciden con las utilizadas actualmente por los investigadores.
Pero lo que convirtió a la canción en un éxito fue su extraordinaria capacidad melódica.
Lecuona desarrolló una composición que podía adaptarse a diferentes maneras de interpretar.
La melodía permitía una expresión sentimental intensa.
Y los arreglos podían modificar su acompañamiento sin hacer desaparecer su personalidad.
De esta manera, Siboney terminó incorporándose al repertorio internacional.
Su éxito constituye una demostración de la capacidad que tenía la canción cubana para alcanzar públicos muy diferentes.
No necesitaba limitarse a los salones de baile.
Podía formar parte de espectáculos teatrales, recitales y grabaciones.
Y cada nuevo intérprete contribuía a prolongar su vida artística.
«La comparsa»: la música popular llega al Piano de concierto
Otra de las composiciones fundamentales de Lecuona es La comparsa.
Su importancia resulta especialmente interesante porque conecta con los capítulos que hemos dedicado a las celebraciones populares cubanas.
En ellos hemos estudiado las Congas y Comparsas, sus relaciones comunitarias y la importancia de la percusión dentro de las fiestas.
Lecuona encontró en ese universo una fuente de inspiración.
Pero no pretendió reproducir exactamente una Comparsa callejera.
Desarrolló una creación pianística que evoca determinados procedimientos rítmicos y expresivos relacionados con aquellas celebraciones.
La composición transforma el material popular mediante los recursos del Piano.
El instrumento puede sugerir movimientos colectivos, contrastes de intensidad y diferentes sensaciones sonoras.
Y el resultado posee una personalidad propia dentro del repertorio concertístico.
Este procedimiento demuestra cómo las tradiciones populares podían inspirar creaciones académicas sin desaparecer dentro de ellas.
La obra de Lecuona no sustituye a las Comparsas que hemos estudiado.
Tampoco debemos utilizarla para reconstruir su instrumentación original.
Constituye una interpretación artística inspirada en aquel universo.
Y esa capacidad de transformar las experiencias populares mediante el lenguaje del concierto representa una de las grandes aportaciones del compositor.
«Malagueña»: un cubano escribe música inspirada en España
Si La comparsa nos conduce hacia las tradiciones populares cubanas, Malagueña nos permite comprender otra dimensión de la obra de Lecuona.
La composición pertenece a su repertorio pianístico de inspiración española.
Su desarrollo melódico y su intensidad expresiva han contribuido a convertirla en una de sus piezas más conocidas.
El título nos lleva a Andalucía.
Pero no debemos confundir esta composición con el género tradicional de la Malagueña Flamenca.
Lecuona desarrolló una obra pianística propia, inspirada en determinadas imágenes musicales de España y elaborada mediante procedimientos de concierto.
La pieza terminó adquiriendo una extraordinaria popularidad internacional.
Fue interpretada por pianistas, guitarristas y grandes orquestas.
También apareció en diferentes arreglos destinados al espectáculo.
Su historia resulta especialmente significativa para nuestro libro.
Un compositor cubano, perteneciente a una familia con raíces canarias, escribió una obra inspirada en España que terminó alcanzando popularidad en numerosos países.
Es otro ejemplo de las relaciones musicales que atravesaban el Atlántico en ambas direcciones.
La música española había participado durante siglos en la formación de las tradiciones cubanas.
Y ahora un compositor cubano contribuía a renovar la imagen internacional de determinadas sonoridades relacionadas con España.
Las Zarzuelas cubanas: del modelo español a una personalidad propia
Ernesto Lecuona también desempeñó una función fundamental dentro del teatro lírico cubano.
La Zarzuela había llegado a Cuba mediante las compañías y repertorios españoles.
Durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, el género adquirió una presencia importante en la vida teatral de la isla.
Pero los compositores cubanos no se limitaron a reproducir las obras que llegaban de Madrid.
Comenzaron a desarrollar sus propios argumentos.
Incorporaron personajes y situaciones de la sociedad cubana.
Y utilizaron recursos musicales relacionados con sus tradiciones populares.
Lecuona fue uno de los grandes protagonistas de aquella transformación.
Entre sus obras teatrales encontramos El cafetal, María la O y Rosa la China.
Estas composiciones contribuyeron a desarrollar una forma de teatro lírico profundamente relacionada con la identidad cultural cubana.
La Zarzuela dejó de ser solamente una manifestación importada de España.
Se convirtió también en un espacio de creación artística cubana.
Los personajes, los ambientes y las sonoridades adquirieron características propias.
Y algunas de sus canciones terminaron circulando de manera independiente de las obras para las que habían sido escritas.
Esta relación entre teatro y canción popular desempeñó una función decisiva dentro de la actividad de Lecuona.
«María la O»: música, teatro y sociedad cubana
Entre las grandes creaciones líricas de Ernesto Lecuona encontramos María la O, estrenada en La Habana en 1930.
La obra pertenece a una etapa en la que el teatro musical cubano comenzaba a alcanzar una personalidad extraordinaria.
Sus personajes y situaciones se relacionan con aspectos de la sociedad cubana, incluidas sus diferencias sociales y raciales.
La música combina recursos de la tradición lírica con elementos procedentes de los repertorios populares.
La obra demuestra que la Zarzuela podía desarrollar argumentos relacionados con la vida cubana sin limitarse a reproducir los modelos españoles.
Pero también debemos observar su contexto histórico.
Las representaciones teatrales de la época utilizaron frecuentemente convenciones raciales y sociales que hoy requieren una lectura crítica.
Determinados personajes fueron construidos mediante imágenes estereotipadas.
Y algunos recursos escénicos reflejaban los prejuicios existentes dentro de la sociedad.
Reconocer aquellas circunstancias no significa negar el valor musical de las obras.
Significa comprenderlas dentro de su momento histórico.
María la O ocupa un lugar destacado dentro de la evolución del teatro lírico cubano.
Y su importancia musical debe estudiarse junto con las condiciones sociales en las que fue creada.
Gonzalo Roig: «Quiéreme mucho» y «Cecilia Valdés»
Junto a Ernesto Lecuona encontramos otra figura fundamental.
Gonzalo Roig.
Nacido en La Habana en 1890, desarrolló una importante trayectoria como compositor, director y organizador musical.
Su nombre está estrechamente relacionado con la consolidación de la actividad sinfónica y del teatro lírico cubano.
Pero dos obras contribuyeron especialmente a su popularidad.
Quiéreme mucho y Cecilia Valdés.
La primera terminó convirtiéndose en una de las grandes canciones románticas del repertorio cubano.
Su melodía adquirió una popularidad internacional extraordinaria.
Fue interpretada por numerosas voces y adaptada a diferentes formatos.
La segunda representa una de las grandes obras del teatro lírico cubano.
Estrenada en 1932, la Zarzuela Cecilia Valdés está relacionada con el universo literario desarrollado por Cirilo Villaverde.
Su argumento permite observar aspectos fundamentales de la sociedad cubana del siglo XIX.
También plantea cuestiones relacionadas con las diferencias sociales y raciales.
La obra de Roig demuestra nuevamente que la música cubana había desarrollado una extraordinaria capacidad para integrar diferentes manifestaciones artísticas.
La canción romántica y el teatro lírico podían formar parte de la trayectoria de un mismo compositor.
Y ambos contribuían a enriquecer el repertorio nacional.
Rodrigo Prats y la continuidad del teatro lírico cubano
Otro de los nombres fundamentales de esta etapa es Rodrigo Prats.
Nacido en Sagua la Grande en 1909, desarrolló una trayectoria como compositor, violinista, pianista y director musical.
Su actividad estuvo estrechamente relacionada con el teatro y con diferentes agrupaciones profesionales.
Entre sus obras más conocidas encontramos Amalia Batista, una Zarzuela que ocupa un lugar importante dentro del repertorio lírico cubano.
Prats también participó en la creación de canciones y composiciones destinadas a diferentes ambientes musicales.
Su trayectoria contribuyó a prolongar la vitalidad del teatro lírico durante una época marcada por la expansión de la Radio, el cine y la industria discográfica.
Las compañías necesitaban renovar sus programas.
Los cantantes encontraban nuevas oportunidades.
Y los compositores desarrollaban obras capaces de atraer al público.
El teatro continuaba siendo una fuente fundamental de canciones.
Pero muchas de aquellas composiciones adquirían después una vida independiente mediante las grabaciones y las interpretaciones radiofónicas.
La relación entre Lecuona, Roig y Prats permite comprender la importancia que alcanzó el teatro musical cubano durante las primeras décadas del siglo XX.
Rafael Hernández: de Aguadilla a los escenarios del mundo
Mientras Cuba desarrollaba su extraordinario repertorio musical, Puerto Rico aportaba otra de las grandes figuras de la canción caribeña.
Rafael Hernández Marín.
Nació en Aguadilla, Puerto Rico, el 24 de octubre de 1891, según la cronología biográfica más difundida, aunque algunas fuentes presentan discrepancias sobre el año.
Procedía de un ambiente humilde.
Su formación musical comenzó durante la infancia y continuó mediante el estudio de diferentes instrumentos.
Aprendió a interpretar instrumentos de viento y de cuerda.
Y desarrolló conocimientos que posteriormente le permitirían trabajar como compositor y director.
Su trayectoria acabaría llevándolo a distintos países.
Pero sus canciones conservaron una relación profunda con Puerto Rico.
Hernández poseía una extraordinaria capacidad melódica.
También sabía expresar sentimientos mediante textos aparentemente sencillos.
Sus composiciones podían abordar el amor, la nostalgia y las relaciones humanas.
Pero también reflejaban preocupaciones sociales.
Entre ellas encontramos la pobreza de las comunidades campesinas y el sentimiento de pertenencia a su tierra.
Aquella combinación contribuyó a convertirlo en uno de los grandes compositores del repertorio hispanoamericano.
Su música terminaría siendo interpretada por cantantes de Cuba, México, Puerto Rico y numerosos países.
Y muchas de sus canciones continúan formando parte del patrimonio sentimental del Caribe.
Puerto Rico, Nueva York y una vida marcada por los viajes
La trayectoria de Rafael Hernández demuestra hasta qué punto las comunicaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos habían adquirido importancia durante las primeras décadas del siglo XX.
Después de la guerra de 1898, Puerto Rico pasó de la soberanía española a la estadounidense.
La isla experimentó transformaciones políticas, económicas y sociales de enorme alcance.
Y las relaciones migratorias con Estados Unidos fueron adquiriendo una importancia creciente.
Hernández desarrolló parte de su actividad musical en Nueva York.
Durante la Primera Guerra Mundial participó en el ámbito militar estadounidense y formó parte de su actividad musical.
Posteriormente continuó trabajando dentro de los circuitos profesionales de la ciudad.
Nueva York proporcionaba oportunidades, pero también dificultades.
Los músicos puertorriqueños y cubanos debían encontrar espacios donde interpretar sus repertorios.
Las compañías discográficas prestaban atención a determinados mercados.
Y las comunidades hispanohablantes mantenían una demanda de canciones relacionadas con sus tradiciones.
En ese ambiente, Rafael Hernández desarrolló una parte fundamental de su trayectoria.
Pero su vida no quedó limitada a Nueva York.
También mantuvo una estrecha relación con Cuba y México.
Y aquellas experiencias contribuyeron a ampliar su repertorio y sus posibilidades de difusión.
El Trío Borinquen y el Cuarteto Victoria
Rafael Hernández participó en diferentes agrupaciones de dimensiones reducidas.
Entre ellas destaca el Trío Borinquen, formado durante la segunda mitad de los años veinte.
Su actividad se relaciona con la expansión de los conjuntos de voces y Guitarras, cuya presencia fue extraordinariamente importante dentro de la canción latinoamericana.
Posteriormente desarrolló otras formaciones, entre ellas el Grupo Hernández y el Cuarteto Victoria.
La denominación Victoria estaba relacionada con su hermana, cuya actividad profesional también participó en la vida musical y comercial de la familia.
El formato de Trío o Cuarteto permitía interpretar canciones en espacios diferentes.
Los instrumentos eran relativamente fáciles de trasladar.
Y las voces podían desarrollar combinaciones de gran eficacia.
El repertorio incluía Boleros y otras expresiones musicales.
Las actuaciones contribuían a difundir las composiciones.
Y las grabaciones permitían ampliar su popularidad.
Estas agrupaciones desempeñaron un papel fundamental dentro de la trayectoria de Hernández.
También representan una etapa en la que los conjuntos vocales caribeños adquirieron una presencia creciente dentro de los mercados internacionales.
«Lamento borincano»: una canción que cuenta la pobreza de Puerto Rico
Entre las obras fundamentales de Rafael Hernández encontramos Lamento borincano.
Compuesta en Nueva York alrededor de 1929, la canción constituye una de las expresiones más conocidas de la identidad puertorriqueña.
Su argumento relata la experiencia de un campesino que sale de su hogar con la esperanza de vender sus productos.
El personaje confía en regresar con dinero suficiente para atender las necesidades de su familia.
Pero al llegar al mercado encuentra una realidad desalentadora.
La pobreza impide que sus mercancías encuentren compradores.
Y el campesino debe regresar sin haber conseguido aquello que esperaba.
El relato adquiere una dimensión que supera la experiencia individual.
La canción expresa las dificultades económicas de numerosas familias puertorriqueñas.
También refleja el desencanto ante una sociedad donde el trabajo no garantiza necesariamente el bienestar.
La figura del jíbaro se convierte en un símbolo de la vida campesina de Puerto Rico.
Y la composición relaciona el sentimiento individual con una preocupación colectiva.
Esta característica permite comprender la extraordinaria importancia cultural de Lamento borincano.
No se trata solamente de una canción triste.
Es también una representación de las condiciones sociales de una época.
Y su éxito demuestra que la música popular puede contribuir a conservar la memoria de las dificultades de un pueblo.
«Preciosa»: Puerto Rico convertido en canción
Otra de las grandes composiciones de Rafael Hernández es Preciosa.
Su creación se sitúa habitualmente durante los años treinta, dentro de la etapa en la que el compositor desarrollaba actividades profesionales fuera de Puerto Rico.
La canción expresa una profunda relación sentimental con la isla.
El territorio se convierte en protagonista de la composición.
Sus paisajes, sus habitantes y su identidad aparecen relacionados con el sentimiento de pertenencia.
Pero Preciosa también posee una dimensión histórica y política.
La letra incluye referencias que han sido interpretadas dentro de los debates sobre la situación de Puerto Rico.
Algunas versiones posteriores introdujeron modificaciones en determinadas expresiones.
Por eso resulta importante distinguir entre el texto original, las versiones interpretadas y las modificaciones que pudieron incorporarse en diferentes momentos.
La canción adquirió una popularidad extraordinaria.
Y terminó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos musicales de Puerto Rico.
Su historia demuestra que una composición sentimental puede poseer también un profundo significado cultural.
No necesita convertirse en una proclama política para expresar el vínculo entre una comunidad y su territorio.
Rafael Hernández consiguió desarrollar ese sentimiento mediante una melodía de enorme fuerza expresiva.
«Capullito de alelí», «Perfume de gardenias» y la dimensión romántica
La trayectoria de Rafael Hernández no puede comprenderse solamente mediante sus composiciones de contenido social o patriótico.
Fue también uno de los grandes autores de canciones románticas.
Entre sus obras más conocidas encontramos Capullito de alelí, Perfume de gardenias, Campanitas de cristal, Desvelo de amor y otras composiciones que terminaron formando parte del repertorio internacional.
El Bolero proporcionó un espacio especialmente apropiado para muchas de aquellas canciones.
Sus melodías permitían expresar sentimientos de amor, nostalgia y desengaño.
Pero Hernández no quedó limitado a una sola forma musical.
Su repertorio incorporó géneros y procedimientos diferentes.
También compuso canciones destinadas al baile.
Y sus obras fueron interpretadas por agrupaciones de características muy variadas.
La extraordinaria difusión de sus canciones demuestra la capacidad del compositor para crear melodías que podían sobrevivir a las modas comerciales.
Algunas fueron grabadas por varias generaciones de cantantes.
Otras terminaron incorporándose a repertorios alejados de su instrumentación original.
Y numerosas composiciones continuaron siendo conocidas mucho después de la muerte de su autor.
«El cumbanchero»: cuando Rafael Hernández también hizo bailar
Entre las obras más populares de Rafael Hernández encontramos El cumbanchero.
Su personalidad musical se relaciona con los repertorios bailables y festivos.
La canción terminó adquiriendo una difusión extraordinaria mediante interpretaciones de orquestas y cantantes muy diferentes.
Su carácter rítmico permitió desarrollar arreglos de gran intensidad.
Y terminó formando parte de los repertorios internacionales relacionados con la música tropical.
Esta composición resulta especialmente interesante porque demuestra la amplitud artística de Hernández.
El mismo autor que escribió Lamento borincano podía crear una pieza destinada a despertar entusiasmo en los bailadores.
Su sensibilidad no quedaba limitada a un solo ambiente.
También comprendía las posibilidades expresivas de la música festiva.
Y esa diversidad contribuyó decisivamente a su éxito.
La historia de Rafael Hernández nos recuerda que los grandes compositores populares no tienen por qué pertenecer exclusivamente a un género musical.
Pueden desarrollar repertorios diferentes.
Y encontrar en cada uno una manera particular de comunicarse con el público.
Rafael Hernández y Cuba: un intercambio que atravesó generaciones
La relación de Rafael Hernández con Cuba constituye otra parte fundamental de nuestra historia.
El compositor mantuvo vínculos profesionales con la vida musical habanera.
Sus canciones fueron interpretadas por músicos cubanos.
Y su repertorio terminó adquiriendo una gran popularidad dentro de la isla.
Al mismo tiempo, los artistas puertorriqueños incorporaban composiciones cubanas a sus actuaciones.
El Bolero permitió desarrollar uno de los grandes espacios de encuentro.
Los cantantes podían interpretar canciones de compositores de diferentes países.
Las orquestas adaptaban los arreglos.
Y las grabaciones contribuían a crear un repertorio internacional compartido.
La presencia de Hernández en Cuba demuestra que los vínculos culturales entre ambas islas continuaban siendo extraordinariamente intensos.
La historia política había cambiado.
Pero las canciones seguían viajando.
Y los públicos reconocían emociones semejantes en composiciones nacidas a ambos lados del Paso de la Mona y de los canales que conectan las Antillas.
Cuba y Puerto Rico no necesitaban compartir un mismo Estado para continuar participando de una tradición musical profundamente relacionada.
Rita Montaner: «la Única»
Entre las grandes voces cubanas de esta época encontramos a Rita Montaner.
Nació en Guanabacoa en 1900 y desarrolló una trayectoria extraordinaria como cantante, pianista y actriz.
Su formación musical fue importante.
Conocía los repertorios académicos.
Pero también poseía una capacidad excepcional para interpretar canciones populares.
Aquella combinación terminó convirtiéndola en una artista de enorme versatilidad.
Podía participar en obras líricas.
Interpretar canciones relacionadas con los repertorios afrocubanos.
Y actuar en producciones teatrales y cinematográficas.
Su actividad profesional la llevó a diferentes países.
Y adquirió una popularidad que terminó proporcionándole una denominación especialmente significativa.
La Única.
Rita Montaner constituye una de las grandes figuras de la expansión internacional de la música cubana.
Su importancia no depende exclusivamente de sus capacidades vocales.
También fue una artista capaz de relacionar diferentes tradiciones musicales y escénicas.
Y contribuyó a que composiciones de autores cubanos alcanzaran una difusión extraordinaria.
Rita Montaner y «El Manisero»: una pionera que no debemos olvidar
En el capítulo 18 hemos estudiado la grabación de El Manisero realizada por Rita Montaner en 1927.
La composición alcanzaría su gran éxito internacional mediante la orquesta de Don Azpiazu y la voz de Antonio Machín en 1930.
Pero la versión de Montaner demuestra que la canción ya formaba parte de la vida musical cubana antes de aquella expansión.
Este detalle resulta especialmente importante para comprender cómo funciona la historia de los éxitos musicales.
Una composición puede comenzar a circular dentro de un país.
Después otro intérprete realiza una versión diferente.
Y finalmente una gran compañía discográfica consigue introducirla en un mercado internacional.
La última grabación puede terminar siendo la más conocida.
Pero no por ello debemos olvidar a quienes participaron anteriormente.
Rita Montaner también interpretó obras de Ernesto Lecuona y otros compositores.
Su voz contribuyó a popularizar canciones que terminarían formando parte del repertorio cubano.
Y su presencia en el teatro y en el cine amplió considerablemente las posibilidades de difusión de aquellas músicas.
«Mamá Inés»: la canción y el teatro popular
Otra de las composiciones estrechamente relacionadas con Rita Montaner es ¡Ay, Mamá Inés!, de Eliseo Grenet.
La canción se hizo conocida mediante su presencia en el teatro musical cubano.
Montaner contribuyó decisivamente a su popularidad.
La obra incorpora procedimientos musicales y expresivos relacionados con el universo afrocubano.
Pero debemos recordar que las representaciones teatrales de aquella época utilizaban frecuentemente imágenes estereotipadas de determinados grupos sociales.
La historia de Mamá Inés debe estudiarse teniendo en cuenta ese contexto.
La popularidad de una composición no significa que todos los elementos de su representación escénica puedan interpretarse hoy de manera acrítica.
Al mismo tiempo, la canción constituye una parte importante del desarrollo del teatro musical cubano.
Su éxito demuestra que las expresiones populares podían adquirir una gran presencia dentro de los escenarios profesionales.
Y que las voces de grandes intérpretes contribuían a convertirlas en repertorios conocidos por numerosas generaciones.
Bola de Nieve: una voz irrepetible junto al Piano
Entre los grandes intérpretes cubanos encontramos a Ignacio Villa Fernández.
Su nombre artístico terminaría adquiriendo una popularidad extraordinaria.
Bola de Nieve.
Nació en Guanabacoa en 1911 y desarrolló una profunda relación con la música desde su infancia.
Su formación pianística le permitió adquirir conocimientos técnicos importantes.
También conocía las expresiones musicales populares de su entorno.
Durante sus primeros años profesionales trabajó como pianista acompañante.
Entre sus actividades encontramos la interpretación musical relacionada con el cine mudo.
Posteriormente comenzó a participar en espectáculos y actuaciones donde desarrolló una relación especial con Rita Montaner.
La cantante desempeñó una función importante en sus primeros éxitos profesionales.
Pero Bola de Nieve terminaría adquiriendo una personalidad artística completamente independiente.
Su manera de cantar era extraordinariamente singular.
No respondía necesariamente a las convenciones de las voces consideradas más bellas por determinados criterios académicos.
Pero poseía una capacidad interpretativa excepcional.
Bola conseguía transformar una canción mediante la expresión.
Su manera de relacionar la voz y el Piano permitía crear escenas musicales llenas de emoción, ironía y humor.
Y aquella personalidad terminaría convirtiéndolo en uno de los grandes intérpretes internacionales de la canción.
Una voz que convertía cada canción en una pequeña representación teatral
El estilo de Bola de Nieve resulta especialmente interesante por su relación con el teatro.
No se limitaba a interpretar correctamente una melodía.
Construía una situación.
Modificaba la intensidad expresiva.
Utilizaba silencios.
Y encontraba recursos para provocar emociones muy diferentes dentro de una misma actuación.
El Piano proporcionaba un acompañamiento de gran riqueza.
Pero el instrumento también participaba activamente en la interpretación.
Las frases musicales podían responder a la voz.
Las pausas adquirían significado.
Y determinados recursos rítmicos contribuían a reforzar el carácter de cada canción.
Su repertorio fue extraordinariamente variado.
Interpretó composiciones cubanas y canciones procedentes de diferentes tradiciones internacionales.
También cantó en varios idiomas.
Esta capacidad le permitió desarrollar una trayectoria en escenarios de América y Europa.
Bola de Nieve demuestra que una interpretación puede adquirir tanta personalidad que termina transformando la manera en que el público recuerda una composición.
La canción puede haber sido escrita por otro autor.
Pero el intérprete consigue proporcionar una dimensión expresiva completamente nueva.
Y esa capacidad constituye una forma de creación artística que merece ser reconocida.
«Drume negrita», «Mamá perfecta» y otros repertorios de Bola de Nieve
Entre las composiciones relacionadas con la trayectoria de Bola de Nieve encontramos Drume negrita, de Eliseo Grenet, junto con otras canciones que adquirieron una personalidad especial mediante su interpretación.
También se recuerdan piezas humorísticas y composiciones cargadas de ironía.
Su repertorio incluyó canciones de autores diferentes, además de obras propias.
En las investigaciones originales aparecen títulos relacionados con su actividad como compositor y cantante.
Pero debemos distinguir cuidadosamente entre las obras que escribió personalmente y aquellas que popularizó.
No todas las canciones identificadas con Bola de Nieve fueron compuestas por él.
En determinados casos su manera de interpretarlas adquirió tanta fama que el público terminó relacionándolas especialmente con su nombre.
La situación es semejante a la de otros grandes intérpretes de la música popular.
Su importancia no reside solamente en la composición.
También en la capacidad de transformar una canción mediante la interpretación.
Bola de Nieve pertenece a esa categoría extraordinaria de artistas.
Esther Borja: una voz que llevó a Lecuona por el mundo
Entre las grandes intérpretes de la canción cubana encontramos también a Esther Borja.
Nació en 1913 y desarrolló una importante formación musical.
Su trayectoria estuvo estrechamente relacionada con los repertorios de Ernesto Lecuona.
Entre sus primeras experiencias profesionales destacan las actuaciones y colaboraciones con el compositor.
Borja poseía unas condiciones vocales que resultaban especialmente apropiadas para determinadas composiciones líricas y románticas.
Su interpretación permitía desarrollar la riqueza melódica de aquellas obras.
Y su presencia en conciertos y espectáculos contribuyó a ampliar la difusión internacional del repertorio cubano.
En sus primeros años profesionales participó en diferentes actuaciones y giras.
La relación con Lecuona proporcionó oportunidades extraordinarias.
También contribuyó a consolidar una imagen artística asociada a la elegancia vocal y a la canción de concierto.
Su trayectoria terminaría convirtiéndola en una de las grandes voces cubanas del siglo XX.
«Damisela encantadora»: una canción que encontró su intérprete
Entre las obras relacionadas con Esther Borja encontramos Damisela encantadora.
La composición pertenece al repertorio teatral de Ernesto Lecuona y está vinculada a la obra Lola Cruz.
Su desarrollo melódico exige una interpretación capaz de conservar la delicadeza expresiva de la composición.
Esther Borja contribuyó decisivamente a popularizarla.
Y terminó siendo identificada durante décadas con algunas de las canciones más conocidas de Lecuona.
La relación entre ambos artistas demuestra algo fundamental.
El compositor necesita intérpretes capaces de comunicar su obra.
Y el intérprete necesita composiciones que permitan desarrollar sus posibilidades expresivas.
Cuando ambos elementos coinciden puede surgir una relación artística extraordinaria.
Eso sucedió con numerosas canciones cubanas durante estas décadas.
Las melodías de grandes autores encontraron voces que permitieron ampliar su popularidad.
Y aquellas interpretaciones terminaron formando parte de la memoria colectiva.
La Radio convirtió a los cantantes en compañeros cotidianos
La expansión de la Radio modificó profundamente la relación entre los intérpretes y el público.
Durante el siglo XIX, numerosos aficionados conocían las canciones mediante las representaciones teatrales, las partituras o las actuaciones en directo.
Las grabaciones comenzaron a modificar aquella situación.
Pero la Radio añadió una dimensión nueva.
Las voces podían entrar diariamente en los hogares.
Los oyentes reconocían a sus cantantes favoritos.
Y los programas musicales contribuían a crear una relación de familiaridad que anteriormente resultaba mucho más difícil.
Rita Montaner, Bola de Nieve, Esther Borja y otros intérpretes participaron de esa transformación.
Las emisoras comenzaron a adquirir importancia dentro de la promoción artística.
Los conciertos y actuaciones podían transmitirse.
Y determinadas canciones alcanzaban una popularidad creciente mediante la repetición.
La Radio también favoreció el desarrollo de nuevos formatos de espectáculo.
Las agrupaciones necesitaban adaptarse a las características técnicas del medio.
Los intérpretes aprendieron a utilizar el micrófono.
Y los programas comenzaron a crear nuevas formas de presentación musical.
La canción popular había encontrado uno de sus instrumentos de difusión más importantes.
La música cubana también tuvo grandes embajadores españoles
Las relaciones entre Cuba y España continuaron desarrollándose durante estas décadas.
Las compañías teatrales mantenían repertorios que atravesaban el Atlántico.
Los artistas españoles actuaban en Cuba.
Y los músicos cubanos encontraron nuevos públicos en los escenarios españoles.
En capítulos anteriores hemos estudiado el papel de Antonio Machín y de Xavier Cugat dentro de la internacionalización comercial de las músicas caribeñas.
También encontramos a numerosos compositores e intérpretes que participaron en giras y espectáculos internacionales.
El repertorio de Ernesto Lecuona adquirió una notable popularidad en España.
Y las canciones cubanas comenzaron a circular mediante interpretaciones de artistas españoles.
A su vez, los compositores cubanos continuaron utilizando recursos relacionados con las tradiciones musicales españolas.
La relación no consistía simplemente en conservar un pasado común.
Era una actividad cultural contemporánea.
Los artistas viajaban.
Los repertorios se transformaban.
Y las canciones adquirían nuevas versiones en ambas orillas del Atlántico.
La música popular continuaba demostrando una capacidad extraordinaria para superar las fronteras políticas.
Los intérpretes que también debemos recordar
La historia de esta etapa es extraordinariamente amplia.
Junto a los compositores e intérpretes que hemos estudiado encontramos a otras figuras fundamentales.
Eliseo Grenet contribuyó decisivamente al desarrollo de diferentes expresiones musicales cubanas.
Su hermano Emilio Grenet también participó en la actividad artística y musicológica de la época.
Moisés Simons alcanzó una proyección extraordinaria mediante El Manisero y otras composiciones.
Julio Brito desarrolló canciones como El amor de mi bohío y Mira que eres linda.
Nilo Menéndez contribuyó al gran repertorio romántico cubano con Aquellos ojos verdes, compuesta junto con Adolfo Utrera.
También debemos recordar a María Teresa Vera, Sindo Garay, Manuel Corona, Rosendo Ruiz y otros protagonistas que ya hemos estudiado al hablar de la Trova.
Sus composiciones continuaron circulando durante las décadas siguientes.
Los nuevos intérpretes incorporaban aquellas canciones a sus programas.
Y la industria discográfica ampliaba sus posibilidades de difusión.
El cancionero cubano estaba adquiriendo una profundidad histórica extraordinaria.
Los músicos podían interpretar obras de diferentes generaciones.
Y los repertorios tradicionales convivían con nuevas composiciones.
Aquella continuidad constituye una de las grandes características de la música popular caribeña.
REFLEXIONES DEL AUTOR: las canciones también son memoria de los pueblos
Durante muchos años he dedicado una parte importante de mi actividad profesional a divulgar la música popular caribeña.
Y cuanto más he escuchado sus repertorios, más convencido estoy de que no podemos estudiar su historia limitándonos a los ritmos.
El Son, el Bolero, la Guaracha, el Danzón, la Rumba y el Merengue poseen características musicales diferentes.
Reconocer esas diferencias resulta fundamental.
Pero las canciones tienen una dimensión que supera la clasificación de los géneros.
Una melodía puede acompañarnos durante toda la vida.
Puede recordarnos una persona.
Un viaje.
Una ciudad.
O un momento que creíamos haber olvidado.
En ese sentido, los grandes compositores desempeñan una función extraordinaria dentro de la memoria de los pueblos.
Ernesto Lecuona consiguió transformar experiencias musicales cubanas en composiciones capaces de alcanzar los escenarios internacionales.
Rafael Hernández expresó mediante sus canciones las emociones y dificultades de Puerto Rico.
Y grandes intérpretes como Rita Montaner, Bola de Nieve y Esther Borja consiguieron que aquellas melodías adquirieran una personalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Pero también encuentro en sus trayectorias una cuestión que me interesa especialmente.
La música del Caribe nunca permaneció encerrada dentro de fronteras estrictas.
Lecuona poseía profundas relaciones culturales con España.
Rafael Hernández desarrolló una parte importante de su actividad entre Puerto Rico, Nueva York, Cuba y México.
Rita Montaner actuó en diferentes países.
Y Bola de Nieve llegó a convertirse en un intérprete internacional capaz de cantar en varias lenguas.
Las canciones viajaban con sus protagonistas.
Y cada nueva interpretación contribuía a ampliar su historia.
Cuando recupero las investigaciones que desarrollé para De orilla a orilla, compruebo que muchas de aquellas composiciones continúan estando presentes en la memoria musical.
Los medios han cambiado.
Las grabaciones dejaron de depender exclusivamente de los discos físicos.
Y las nuevas plataformas permiten acceder a repertorios que anteriormente resultaban difíciles de encontrar.
Pero las grandes melodías siguen despertando emociones.
Eso demuestra que la popularidad comercial y el valor artístico no son necesariamente la misma cosa.
Una canción puede alcanzar un éxito extraordinario durante unos meses y desaparecer después de la memoria colectiva.
Otras continúan siendo interpretadas durante décadas.
Y algunas terminan convirtiéndose en verdaderos símbolos culturales.
Lamento borincano y Preciosa son ejemplos extraordinarios de canciones que adquirieron una dimensión superior a su éxito comercial inicial.
Lo mismo podemos afirmar de Siboney y de otras grandes composiciones cubanas.
Sus melodías continúan formando parte de la historia sentimental de numerosos pueblos.
También considero fundamental reconocer el papel de las mujeres.
Ernestina Lecuona participó decisivamente en la formación de su hermano y desarrolló una obra propia.
Rita Montaner contribuyó a internacionalizar composiciones que hoy forman parte del patrimonio musical cubano.
Y Esther Borja llevó el repertorio de Lecuona a escenarios de diferentes países.
La historia musical no pertenece únicamente a los compositores que firmaron las partituras.
También pertenece a quienes enseñaron, interpretaron y transmitieron sus obras.
Por eso he querido dedicar este capítulo a los compositores y a las voces.
Porque una melodía necesita ser escrita o creada, pero también necesita ser escuchada.
Y los grandes intérpretes contribuyen a darle una vida que muchas veces supera la de sus propios autores.
Los ritmos nos ayudan a comprender cómo se transforma la música. Las canciones nos permiten comprender cómo permanece dentro de nosotros.
La Habana se convierte en una gran capital del espectáculo
Durante los años treinta y cuarenta, Cuba adquirió una importancia extraordinaria como centro musical y artístico.
Los compositores proporcionaban un repertorio cada vez más amplio.
Las Charangas continuaban desarrollando nuevas sonoridades.
Los conjuntos de Son se transformaban.
Y los intérpretes encontraban oportunidades mediante el teatro, la Radio, el cine y los establecimientos de espectáculos.
La Habana comenzó a recibir artistas procedentes de numerosos países.
Las compañías españolas continuaban actuando en la isla.
Los cantantes latinoamericanos encontraban públicos interesados en sus repertorios.
Y los músicos estadounidenses también participaron de aquella intensa actividad cultural.
Los grandes hoteles, teatros y cabarets contribuyeron a consolidar una industria del espectáculo de notable importancia.
Pero no debemos olvidar que aquella actividad coexistía con profundas diferencias sociales y económicas.
El brillo de los escenarios internacionales no representaba necesariamente las condiciones de vida del conjunto de la población cubana.
Sin embargo, desde el punto de vista musical, La Habana estaba convirtiéndose en uno de los grandes centros internacionales de la música popular.
Y esa transformación proporcionaría nuevas oportunidades a los compositores e intérpretes.
Las canciones de Lecuona, Hernández y otros grandes autores formarían parte de un repertorio que atravesaba los escenarios de América y Europa.
Mientras tanto, nuevas agrupaciones profesionales comenzaban a desarrollar espectáculos cada vez más elaborados.
Los instrumentos se multiplicaban.
Los arreglos adquirían una complejidad creciente.
Y la música caribeña terminaba incorporándose a la programación de los grandes establecimientos internacionales.
La siguiente etapa de nuestro recorrido nos llevará a las orquestas, los cabarets y los escenarios donde Cuba terminó convirtiéndose en una verdadera capital mundial del espectáculo musical.
